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    Un viaje lento del desconsuelo a la muerte

    Publicado el domingo, 02.28.10
    Un viaje lento del desconsuelo a la muerte
    By YOANI SANCHEZ
    Generación Y

    El cuerpo enflaquece, la mente se va y los miembros inferiores comienzan
    a hincharse. Una huelga de hambre hace que la existencia se escape poco
    a poco, hasta que se desdibuja el rostro de la madre sentada frente a la
    cama y pierde fuerza el rayo de luz que entra por la ventana. Durante 86
    días Tamayo transitó del desconsuelo a la muerte. Se fue
    apagando, con una voluntad que ha dejado consternados a los amigos y
    molestos a sus opresores. Acostumbrados a disponer de su cuerpo y del
    herrumbroso cerrojo de su calabozo, los carceleros sienten ahora que
    este hombre de 42 años se les ha ido por la única salida que ellos no
    pueden controlar: la muerte.

    Juzgado a la velocidad del vértigo en marzo de 2003, Tamayo fue
    víctima de aquel escarmiento –conocido como la – que el
    cubano quiso darle a la oposición. Era fundador del partido
    Alternativa Republicana y activista frecuente a la hora de demandar la
    liberación de sus compañeros de causa. Después de su llegada a prisión
    lo condenaron en nueve juicios sumarios a penas que llegaron hasta los
    56 años. Un gesto “magnánimo'' los redujo a 25 largos veranos tras las
    rejas. Todo esto fue dictaminado en tribunales que parecían obedecer más
    a códigos militares que civiles. Después llegó la soledad de una celda
    tapiada, los malos tratos, las palizas y con ello terminó la ilusión de
    que un no condenado a muerte tiene derecho a que le respeten la vida.

    Al cancelarse la visita a Cuba del relator de las Naciones Unidas contra
    la , terminó para muchos la esperanza de ser rescatados de los
    malos tratos en los penales. Aprovechándose de su impunidad, los guardas
    metieron a Orlando en un espacio breve, donde tenía que compartir el
    suelo con las ratas y las cucarachas. Le gritaban por la rendija de una
    puerta de hierro que no iba a salirse con la suya, pues en una prisión
    revolucionaria un preso político equivale a los gorgojos que acompañan
    –permanentemente– al . Se resistió a ponerse el uniforme de
    presidiario y eso le trajo otra andanada de golpes y el punzante castigo
    de reducirle las visitas de sus familiares. Cuando abrieron el sitio
    donde lo habían enterrado vivo, ya el daño era irreversible y la culpa
    salpicaba hasta la mismísima silla del actual cubano.

    A Zapata Tamayo no lo mató la huelga de hambre, sino el sombrío oficial
    que lo encerró en aquel hoyo y el director de la prisión Kilo 8 en
    Camagüey que ordenó su castigo. Contribuyeron también a su deceso las
    manos enfundadas en guantes de látex que prefirieron mantener el empleo
    en el antes que denunciar el estado maltrecho al que habían
    dejado llegar su cuerpo. La máxima responsabilidad de su final la tiene
    un gobierno que prefirió mostrarse intransigente y enérgico antes que
    proveerle de ciertas mejorías en su vida carcelaria. Para confirmarnos
    en esa idea, un día después de ocurrida la muerte, Raúl Castro perdió la
    oportunidad de acortar la distancia entre lamentar su deceso y pedirle
    disculpas a sus familiares. Con sus breves palabras exentas de
    autocrítica, nos corroboró lo que muchos sospechábamos desde el
    principio, que el general no era ajeno al maltrato, la dejadez y el
    terror que terminaron con Orlando.

    Un viaje lento del desconsuelo a la muerte – Cuba – ElNuevoHerald.com
    (28 February 2010)
    http://www.elnuevoherald.com/2010/02/28/664514/un-viaje-lento-del-desconsuelo.html

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