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    Militares, diálogo y oposición

    Disidentes, Represión, Opositores

    Militares, diálogo y oposición
    Cada vez más el régimen de La Habana ve como enemigos no sólo a los
    opositores conocidos, sino también a quienes de momento le manifiestan
    la fidelidad más absoluta

    Alejandro Armengol, Miami | 29/05/2013 1:05 pm

    Para mantenerse en el poder día tras día, solo requirió de
    un equipo médico atento y un sistema de seguridad eficiente. Pero para
    perpetuarse le fue necesario sustentar una justificación ideológica.
    Durante décadas, la política fue la razón de ser del Estado cubano. A
    ello se sumó el desprecio a la economía y los proyectos faraónicos.
    Ahora, con Raúl al mando de las tareas cotidianas de gobierno, todo ha
    entrado en una dimensión más realista y menos heroica. Lo que está por
    ver es si ese realismo se impondrá en los círculos militares que, al
    parecer, tendrán el control del país tras la desaparición de ambos hermanos.

    Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector
    más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las
    características de la sociedad actual —y se podría hablar de una
    disidencia tradicional y un fenómeno más reciente, como son los
    blogueros—, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas.
    En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz
    independiente en Cuba son los actos de repudio.

    Tacañería de un Estado que no admite la menor manifestación de
    independencia, donde la función opositora ha evolucionado de un
    enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda
    de una vida propia, sin que se permita la menor apertura de un espacio
    político. Mientras los métodos represivos cambian de tácticas
    ?detenciones por varias horas, advertencias?, el mecanismo de terror se
    mantiene inalterable.

    Esto permite establecer el contraste entre una represión sin tregua y
    una actividad de respuesta que limita su acción, en la mayoría de los
    casos, al terreno de la palabra. No solo el oponerse, sino el simple
    hecho de contestar con voz propia es delito en Cuba.

    Una y otra vez, el se utiliza con el mismo objetivo:
    además de sembrar el miedo, crear el desaliento. Los argumentos son
    gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola. Estas
    actividades son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y
    no deben verse de forma aislada. A ellas se une una campaña de
    descredito por numerosos medios. Al régimen no le basta con castigar a
    los que alzan una voz independiente, quiere matar su ejemplo, enfangar
    su prestigio. Para ello echan mano a dos recursos: la delación y la
    envidia. Alimentan la desconfianza, porque el Gobierno sabe que ésta es
    un freno a la hora de dar un paso al frente. Quieren ponerlo todo en
    blanco y negro, pero al mismo tiempo confundir los límites. ¿Hasta dónde
    se puede llegar? ¿Qué crítica es permitida? Lo mejor es quedarse tranquilo.

    La Habana dice una y otra vez que los blogueros, disidentes y opositores
    pacíficos están al servicio del gobierno de . No porque
    intente convencer a nadie, sino porque sabe que es el camino más seguro
    para reforzar la intimidación: una acusación que recuerda castigos
    anteriores. No teme la repulsa internacional porque sabe que los
    gobiernos responden a intereses y no a ideales.

    Al intensificar la represión, el régimen no solo busca acabar con la
    esperanza de un cambio dentro de la Isla. Le preocupa también los
    cambios que se vienen promoviendo en Washington, los avances en los
    esfuerzos que buscan establecer un enfoque sobre el problema cubano que
    no esté fundamentado en una retórica de confrontación directa. Ve como
    enemigos no solo a los opositores conocidos, sino también a quienes de
    momento le manifiestan la fidelidad más absoluta. Sabe que ésta se vería
    erosionada con una mayor cercanía entre la Isla y Estados Unidos.

    Unas declaraciones de Guillermo Fariñas, ofrecidas durante su visita a
    las oficinas del diario El Nuevo Herald en Miami, vienen a confirmar ese
    temor del régimen.

    Militares cubanos están estudiando los cambios ocurridos en Rusia y
    agentes de la Seguridad del Estado están siendo amables con los
    disidentes, en preparación para una posible transición en la Isla, dijo
    el opositor. Algunos de los oficiales temen un colapso repentino del
    sistema comunista y “ellos no quieren que les pase como a la gente de
    (Moamar) Gadafi” en Libia, agregó Fariñas.

    Según el activista, oficiales le dijeron que algunos de los asesores del
    gobernante Raúl Castro han sugerido que se debe admitir de 15 a 25
    disidentes en el parlamento nacional. Castro respondió que estaría de
    acuerdo, pero que su hermano Fidel nunca lo permitiría.

    Fariñas también describió un singular encuentro con el actual primer
    vicepresidente Miguel Díaz-Canel —nativo de Santa Clara y su compañero
    de clase en la militar— seis semanas antes del último ascenso de
    éste.

    Fariñas dijo que pasaba frente a la casa de los padres de Díaz-Canel el
    4 de enero cuando vio a su amigo de escuela estacionando su coche.

    “Díaz-Canel le estrechó la mano calurosamente y le preguntó por su
    . Hablaron durante unos 15 minutos, dijo el , en gran
    parte sobre su huelga de hambre de 135 días en 2010, que lo puso en el
    en varias ocasiones”, de acuerdo a la información de El Nuevo
    Herald.

    “El vicepresidente señaló en la charla que Fariñas se había negado a
    hablar con varios emisarios del Gobierno durante la huelga, dijo el
    disidente, y le preguntó si Fariñas hubiera estado dispuesto a hablar
    con él”, agrega el diario.

    “Fariñas dijo que le informó a Díaz-Canel que efectivamente hubieran
    hablado y el funcionario respondió que ‘lo iba a tener en cuenta’.
    Agregó que tendría que informar de la conversación a sus superiores en
    La Habana”, añade El Nuevo Herald.

    Con independencia de que estos comentarios de Fariñas no pueden ser
    confirmados independientemente, como el propio periódico aclara, hay dos
    aspectos que vale la pena destacar: uno es que hay una posibilidad muy
    real de que militares cubanos estén apostando a una transición pacífica
    lenta en la que ellos no se vean comprometidos en hechos de sangre. Otra
    es que declaraciones de este tipo, por parte de un opositor que días
    antes recibió un homenaje en esta ciudad, eran impensables unos cuantos
    años atrás. Se trata de un cambio saludable y necesario.

    La confrontación ideológica, que hace unos años alcanzó su definición
    mayor en la llamada “batalla de ideas”, quedó reducida por un tiempo a
    las “reflexiones” del “Compañero Fidel”. Ahora se ha disuelto en el
    sainete y la farsa (¿no lo fue siempre en parte?). El mayor efecto que
    Fidel Castro produce en la Isla es el de servir de rémora ante cualquier
    posibilidad de cambio, según unos, o de servir de pretexto para
    justificar la demora en ponerlos en práctica, según otros y lo que
    parece más probable.

    Raúl Castro ha limitado las definiciones ideológicas al mantenimiento
    del statu quo, y a utilizar en sus discursos el argumento de la
    “legitimidad de origen” (el triunfo durante la insurrección del
    Movimiento 26 de Julio) para justificar la permanencia en el poder de él
    y su élite.

    Contrasta ello con su fama de gobernante pragmático, ya que en este
    pragmatismo lleva a plantear el fundamentar su mandato en una
    “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que ser definida por
    alcanzar cierta prosperidad, ya sea mediante la inversión extranjera
    adecuada y de una cierta liberalización empresarial, o gracias al buen
    manejo de la enorme e ineficiente maquinaria económica.

    Desechadas las esperanzas de una mejora sustancial del nivel de vida de
    los cubanos a corto plazo, Cuba sigue esgrimiendo el argumento de plaza
    sitiada. Para ello tiene que apelar al espejismo de una retórica de
    confrontación, que prescinde de la palabra y la idea para limitarse a
    una actitud soez. Carencia ideológica y tacañería de opciones que ponen
    en peligro el destino de la nación y el futuro de aquellos que ayudan a
    mantener al régimen. Incluso por ese beneficio —egoísta e interesado—
    los oficiales de las fuerzas armadas deberían comenzar a presionar en
    favor de un diálogo con la oposición.

    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/militares-dialogo-y-oposicion-284420

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