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    El dóberman y la Casa Blanca

    El dóberman y la Casa Blanca
    CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 15 Feb 2014 – 5:24 pm.

    ¿Cambiará Obama la política norteamericana hacia Cuba?

    Barack Obama quiere modificar la política de Estados Unidos hacia Cuba.
    No es una prioridad, así que no le dedicará demasiado esfuerzo, pero
    algo intentará hacer si no encuentra demasiada resistencia en el camino.

    ¿Qué se propone? Tal vez inaugurar un periodo de “benigna negligencia”.
    Ignorar lo que sucede en Cuba, incluidas las quejas de las víctimas, y
    cancelar toda muestra de hostilidad anticastrista. Al fin y al cabo,
    Obama ni siquiera había nacido cuando comenzó este disparate.

    ¿Persistirá Obama en el empeño? Probablemente descubrirá que no vale la
    pena. Los atropellos ocurren muy cerca de Estados Unidos para poder
    mirar en otra dirección. Antes lo intentaron Gerald Ford, Jimmy Carter y
    Bill Clinton, pero sin éxito. La conducta de la dictadura siempre acaba
    por impedirlo. La Habana no puede evitarlo. Es como los dóberman. Morder
    está en su naturaleza.

    Ahora mismo, hay una feroz ola represiva que puede verse en Youtube
    gracias a los teléfonos celulares y a las denuncias de personas como
    Yoani Sánchez. Golpean salvajemente a los demócratas de la oposición que
    protestan, sean hombres, mujeres o niños. El legendario Jorge Luis
    García, “Antúnez”, ha recibido su enésima paliza y ha comenzado su
    enésima huelga de hambre. Al músico Gorki Águila, que es valiente como
    las Pussy Riot, sin una Madonna que lo defienda, han vuelto a
    encarcelarlo por sus canciones irreverentes.

    ¿Cuáles son las medidas de gobierno que Obama quiere eliminar o modificar?

    La política norteamericana hacia Cuba tiene tres pilares desde hace
    medio siglo: propaganda anticastrista, restricciones económicas (el
    embargo) y aislamiento diplomático. A partir de Lyndon B. Johnson la
    intención ya no era matar al dóberman, sino sujetarlo y ponerle un bozal.

    Pero la URSS desapareció y el comunismo se desacreditó como forma de
    gobierno, aunque Cuba, Corea del Norte y otros enclaves indiferentes a
    la realidad se mantuvieron tercamente aferrados al error y al poder
    gracias a la autoridad ilimitada que ejercían sus caudillos.

    En Cuba siguen las mismas caras, los mismos policías y los mismos
    calabozos. Sin embargo, la “contención” a la Isla fue perdiendo fuelle
    poco a poco. Desde la perspectiva de Washington el régimen de La Habana
    era un borroso anacronismo. Una reliquia absurda de la Guerra Fría que
    se iría desmoronando en la medida en que pasara el tiempo.

    Desde la perspectiva cubana, la visión era otra. Para Raúl, la reliquia
    no era su régimen arcaico, sino la política norteamericana que lo
    adversaba. Quienes tenían que cambiar eran los norteamericanos, no
    ellos. Solo que, para lograr modificar la conducta de Washington, era
    indispensable aparentar que el régimen se transformaba.

    ¿Cómo lo hicieron? Montaron una ofensiva en el mundillo académico y
    periodístico auxiliados por sus amigos de The Nation. Con la punta de
    lanza de Mariela Castro (la risueña hija sexóloga del dictador) y una
    hábil campaña a favor de los derechos de la comunidad LGBT (pese a la
    larga y cruel historia homofóbica de los Castro y su régimen), lograron
    forjar una alianza entre intereses económicos de la derecha, el sector
    más radical del partido demócrata, y algunos think-tanks y departamentos
    universitarios de estudios latinoamericanos de esa cuerda. Todo fue
    secretamente orquestado por el aparato de inteligencia cubano y su
    departamento de “medidas activas”. Son grandes e incansables operadores
    políticos.

    Simultáneamente, Raúl Castro anunció a bombo y platillo una serie de
    reformas que daban la falsa sensación de que la Isla se movía en
    dirección de la libertad. No era cierto. Raúl no quiere cambiar nada
    fundamental. Solo trata de modificar el modo de producción para hacerlo
    menos irracional. Su propósito es mantener el mismo sistema de opresión.
    Es el mismo dóberman con distinto collar.

    Más grave aún, mientras Raúl ensaya su expresión más inocente de
    reformista, sin dejar de apalear y encarcelar a la oposición, vende y
    exporta su modelo represivo a países como Venezuela, Bolivia, y (en
    menor grado) Ecuador. La tutoría dictatorial para mantenerse en el poder
    indefinidamente es la única mercancía que le queda en sus tristes
    anaqueles al socialismo real cubano.

    ¿Logrará esta vez la dictadura cubana desarmar a Washington sin hacer
    concesiones? No lo creo.

    Los tres senadores cubanoamericanos (el demócrata Bob Menéndez y los
    republicanos Marcos Rubio y Ted Cruz) están de acuerdo en mantener las
    sanciones mientras la dictadura no respete los derechos humanos. Los
    cuatro congresistas de esa etnia coinciden (los republicanos Ileana
    Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart y los demócratas Joe García y Albio Sires).

    Es difícil saltarse a un caucus bipartidista dotado de ese peso
    específico. Obama tirará la toalla.

    Source: El dóberman y la Casa Blanca | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1392481456_7162.html

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