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    Plan Especial Camilo Cienfuegos, un nombre para el trabajo forzado en Cuba

    Plan Especial Camilo Cienfuegos, un nombre para el trabajo forzado en Cuba
    Los presos políticos cubanos fueron obligados a trabajar y aquellos que
    se negaron fueron víctimas de la cruenta represión de las autoridades
    carcelarias de Isla de Pinos.
    Cortesía de Roberto Jiménez
    mayo 31, 2014

    El plan de trabajo forzado impuesto a los presos políticos del
    Reclusorio Nacional de Isla de Pinos que no habían aceptado el llamado
    “Plan de Rehabilitación”, se desarrolló en los últimos años de ese penal
    (1964-1967). Puede afirmarse que el cierre del mismo se debió
    precisamente a la situación de creciente violencia creada por la
    implantación del propio plan y la generalizada y firme resistencia de
    los prisioneros al mismo, situación que gradualmente se había ido
    conociendo en el exterior y que se estaba escapando al control del
    régimen. Además, el principal objetivo del trabajo forzado, que era
    obligar a los presos a pasar al “Plan de Rehabilitación”, fracasó por
    completo, ya que durante ese período disminuyó dramáticamente el número
    de los que dieron ese paso.

    Oficialmente nombrado con el eufemismo de “Plan Especial Camilo
    Cienfuegos”, aquella medida del gobierno castrista fue una genuina
    expresión del esquema totalitario de coacción y control que se imponía a
    toda la población de Cuba. En el caso del Presidio Político de Isla de
    Pinos, su implantación y mantenimiento durante años conformaron una
    etapa de represión máxima, durante la cual se sometió a los reclusos a
    un régimen de violencia extrema, masiva y sistemática, en que los
    golpes, los castigos personales y colectivos, las heridas, las
    mutilaciones, los desquiciamientos mentales y las muertes se
    convirtieron en rutina diaria; todo esto en medio de interminables
    jornadas de agotadores trabajos, en las peores condiciones de
    equipamiento y alimentación. Se impuso a la población penal una dinámica
    de tensión abrumadora que regía toda su vida cotidiana, dislocando el
    sistema de actividades que habían desarrollado los presos por su propia
    iniciativa para su superación espiritual, cultural y política. Sin
    embargo, esas actividades formativas pudieron recrearse en medio de
    aquel infierno, lo que contribuyó grandemente a mantener la integridad
    moral y el espíritu de resistencia.

    Pudiéramos decir que todo comenzó cuando un día, a fines de 1963, sin
    previo aviso ni explicación, varios grupos de prisioneros -campesinos en
    su mayor parte sobrevivientes de los primeros años de las guerrillas del
    Escambray y sus colaboradores- fueron sacados de las circulares para ser
    trasladados con destino desconocido. Por un tiempo no se tuvo noticias
    de la suerte corrida por ellos. Poco a poco se fueron recibiendo
    informaciones fragmentadas por los diversos canales, a veces inauditos,
    con los que suelen contar los prisioneros. Así supimos que los habían
    llevado a campamentos fuertemente custodiados en la propia Isla de
    Pinos, para que trabajaran en el campo. Esto sería conocido por todo el
    presidio como “El Plan Morejón”, por el nombre del entonces jefe de la
    guarnición del penal, que estuvo al frente de aquel plan piloto de lo
    que ya estaban preparando para el penal completo. Las informaciones
    fueron haciéndose más completas hasta que, pasados ocho meses, los
    presos del “Plan Morejón” fueron traídos de regreso a las circulares.

    En aquel experimento, inicialmente, la represión no fue intensa y se les
    proporcionó a los reclusos una serie de condiciones más favorables que
    las existentes en el penal, tratándose de manipular, además, su
    condición de campesinos, acostumbrados a rendir al máximo en las labores
    agrícolas, para obtener de ellos cierto grado de cooperación. Pero ellos
    respondieron rechazando las relativas “mejoras” que, según entendieron,
    viniendo de carceleros hasta entonces siempre hostiles, sólo podían
    estar encubriendo la intención de sobornarlos y distanciarlos de sus
    compañeros que habían quedado en las circulares. Tampoco aceptaron
    trabajar voluntariamente, y fue preciso que la guarnición se quitara la
    careta y los hiciera trabajar a la fuerza.

    Cuando se extendió por el penal la noticia de todo lo sucedido y se supo
    que existían planes de implantar a toda la población penal un régimen de
    trabajo forzado, se manifestó un rechazo generalizado a esa intención
    del gobierno comunista, debatiéndose diversas posiciones, más y menos
    radicales, en cuanto a la forma de actuar cuando llegara el momento.
    Considérese que en toda la historia anterior de la República nunca los
    presos políticos habían sido obligados a trabajar para los respectivos
    gobiernos a los que se habían opuesto y no existía la disposición de
    hacerlo para el comunismo, aunque se sabía, por innumerables
    experiencias, que la falta total de consideraciones humanas del régimen
    aseguraba una represión sin límites.

    Se trató de prever en lo posible las circunstancias en las que habría
    que resistir para determinar las tácticas y estrategias más adecuadas y
    viables, pero esto se hacía difícil por la diversidad de criterios y la
    poca información disponible. Los hechos irían configurando la magnitud
    del reto.

    El comienzo

    En junio de 1964 da inicio el plan de trabajo forzado para todo el
    penal. De los cambios de impresiones y debates entre los presos de todas
    las circulares se había ido perfilando una estrategia general que
    pudiera ser seguida por todos y que con el paso del tiempo y los
    acontecimientos se fue perfeccionando. Surgió el concepto de:
    “resistencia pacífica”, que se definió de manera que pusiera fuera de
    toda duda el carácter obligatorio del trabajo. Por primera vez en
    nuestra historia se planteaba y ponía en práctica tal concepto de lucha
    que, inspirado en los conocidos antecedentes de Mahatma Ghandi y Martin
    Luther King, era producto de un serio análisis de la realidad, tanto la
    impuesta por el régimen totalitario y sus claros objetivos de doblegar a
    toda costa el espíritu de lucha del presidio político, como la que se
    creó en el presidio por las diferentes posiciones asumidas por los
    prisioneros, que iban desde las más radicales y prácticamente suicidas,
    hasta las más moderadas.

    Debe tenerse en cuenta que por entonces los presos estaban solos frente
    a toda la fuerza del Estado marxista, que ya había implantado un régimen
    de terror en Cuba, eliminando a sangre y fuego a casi toda la oposición
    y que actuaba con absoluta impunidad ante un mundo que, sólo con
    contadas excepciones, se mantenía indiferente ante los acontecimientos
    que tenían lugar en nuestra patria. Ante este cuadro complejo y difícil,
    los presos políticos cubanos de Isla de Pinos redefinieron y llevaron a
    cabo con responsabilidad, e ineludible sentido de realidad, la
    estrategia de una resistencia pacífica.

    Desde el comienzo y durante toda esta etapa trágica del presidio
    político cubano, se destacó la intervención del Bloque de Organizaciones
    Revolucionarias ( B.O.R.), creado al efecto, que agrupaba a las
    principales organizaciones creadas en la clandestinidad para combatir al
    régimen desde posiciones nacidas en la lucha contra la dictadura de
    Fulgencio Batista, pero nacionalistas y democráticas. El B.O.R., cuyos
    militantes constituían una parte mayoritaria y disciplinada de la
    población penal desempeñó un papel protagónico en el análisis y las
    definiciones que resultaron en la estrategia adoptada y también en la
    coordinación con los miembros no organizados y de otras tendencias
    políticas del presidio para la puesta en práctica y el mantenimiento de
    la misma.

    Los primeros grupos de presos sacados a trabajar, estaban en el Edificio
    6. Se resistieron, primero, a salir del mismo, haciendo necesario que
    los militares entraran a obligarlos, y desde ese momento cada paso y
    cada movimiento en el trabajo tuvo que ser forzado por la represión. Era
    sólo el principio, todavía se estaba experimentando de ambas partes.

    Entre la población penal aún coexistían distintos criterios y aquellos
    primeros actos de violencia de la guarnición hicieron que un grupo de
    reclusos se negase a trabajar, estando dispuestos a enfrentar cualquier
    consecuencia. Estos presos fueron conducidos al pabellón de celdas de
    castigo, separado de las circulares y edificios donde se hacinaba a los
    prisioneros, que presenciaron, gritando violentamente desde las ventanas
    enrejadas, como los conducían a golpes y bayonetazos hacia aquella
    edificación y, después, cuando uno y otro día los sacaban para tratar de
    hacerlos realizar aunque sólo fueran pequeñas labores, como arrancar
    hierbas de los alrededores con las manos, pero ante sus reiteradas y
    firmes negativas, volvían a llover los golpes y bayonetazos, en medio de
    los gritos de protesta de los presos desde todas las ventanas del penal.

    El objetivo de hacer trabajar ante todo el presidio a aquellos pocos
    hombres, fracasó rotundamente; sólo lograron que se enardecieran más los
    ánimos y se fortaleciera la decisión mayoritaria de resistir. Debemos
    mencionar en este momento el nombre de Alfredo Izaguirre Rivas -joven
    director de periódico nacional, cuya pena de muerte había sido conmutada
    momentos antes de ser ejecutado-, que jamás hizo un solo movimiento para
    obedecer aquellas órdenes de trabajar bajo los golpes a que fue sometido
    durante las interminables sesiones de castigo, y que mantuvo esa
    actitud, junto al también periodista Emilio A. Rivero, durante todo el
    tiempo que duró el plan de trabajos forzados de Isla de Pinos, por lo
    que permanecieron confinados en los pabellones de castigo hasta el
    final, junto a otros reclusos allí encerrados. Estos últimos eran presos
    que, también desde el inicio o en diferentes momentos a lo largo de la
    época del trabajo forzado, fueron adoptando la misma actitud de absoluta
    negativa al trabajo, siendo objeto de salvajes golpizas para terminar
    también aislados en las celdas de castigo.

    Pabellones de Castigo

    Los pabellones de castigo de Isla de Pinos, aún antes del plan de
    trabajos forzados, ya eran conocidos entre los reclusos por la
    brutalidad conque se trataba a los que tenían la desdicha de ser
    enviados a ellos, pero a partir del “Plan Camilo” el despiadado trato se
    llevó hasta límites increíbles. En los pabellones de castigo murieron
    varios reclusos. Recordamos entre ellos a Francisco Novales, “Paco
    Pico”, al que una bala disparada por el cabo Arcia Rojas le atravesó el
    corazón. Cuatro meses antes este mismo guardia había asesinado en pleno
    campo a Julio Tang. También en el pabellón fue dejado morir Roberto
    López Chávez en medio de una huelga de hambre.

    A veces el castigo era más sofisticado, como cuando encerraban quince
    reclusos en una celda de tres metros por dos y no podían tirarse en el
    suelo a dormir porque no cabían acostados todos a la vez y tenían que
    turnarse para dormir; mientras un grupo dormía el otro se mantenía de
    pié, así noche tras noche, semana tras semana. Situaciones similares se
    presentaron en otras cárceles como la de Morón, Boniato, etc. Pero el
    récord de esto lo tienen las “gavetas”; estas celdas, aunque variaban en
    sus dimensiones, mantenían un patrón típico como instrumentos de
    tortura. Las situadas en la granja Tres Macíos cerca de Bayamo, medían
    cuarenta y cinco centímetros de ancho por ciento ochenta de largo por
    ciento sesenta de altura, y ahí obligaban a entrar hasta tres presos.

    El trabajo

    La misma intensidad de represión se aplicó a los bloques de trabajo que
    se constituyeron en todo el penal, en el que se hacinaban seis mil
    reclusos. Cada bloque agrupaba hasta doscientos hombres, divididos en
    cuatro o cinco brigadas, cada una comandada por un “cabo” armado de
    pistola soviética, bayoneta de Springfield o machete español de la marca
    “Gallito” o “Carpintero”, y por supuesto de toda la impunidad de un
    régimen totalitario que nunca tuvo que rendir cuentas al mundo.

    Salíamos a trabajar antes de que despuntara el alba, a veces después de
    la incursión violenta de los guardias en las circulares y edificios para
    “apurarnos”, apenas terminando de consumir un poco de agua con azúcar
    caliente y un minúsculo pedazo de pan. En una de esas incursiones murió
    bayoneteado el primer mártir del trabajo forzado: Ernesto Díaz Madruga,
    en agosto de 1964. A manos de Porfirio García, el Jefe de Orden Interior.

    Los reclusos eran conducidos al sitio de trabajo en camiones llenos
    hasta el tope, que en varias ocasiones se volcaron con el consiguiente
    saldo de víctimas, en esas circunstancias murió Jerónimo Sandía. Durante
    el recorrido eran escoltados por otro camión ocupado por los guardias
    que los custodiaban. Esos militares, armados con fusiles y una o dos
    ametralladoras calibre cincuenta, apoyadas en tierra, se convertían en
    el “cordón” que rodeaba a los presos una vez que llegaban al lugar de
    trabajo. Este cordón nunca no tuvo reparos para disparar a matar cada
    vez que los presos protestaron indignados por los abusos de que eran objeto.

    Una vez en el lugar de trabajo ya fueran las canteras o los campos, se
    distribuían las brigadas, siempre dentro del perímetro controlado por el
    cordón, y empezaba la pesadilla. Esta situación se extendió por varios
    años en que la violencia dominaba todo. Se podría hablar también de las
    requisas, los castigos en “La Mojonera”, que era el lugar donde iban a
    parar las aguas de albañal de la localidad; el capítulo de un libro que
    ni Dante fue capaz de imaginar. Pudiéramos seguir relatando muchas otras
    barbaridades que podrían parecer exageradas a quienes no han tenido que
    vivirlas y pálidas a quienes las sufrimos en carne propia. Podríamos
    hablar de todos los que murieron en el presidio o después, por las
    lesiones sufridas, de los mutilados, de los que enloquecieron, o de los
    que jamás podrán recuperarse de todo aquello. Pero hasta aquí es
    suficiente para una mirada.

    Todos los militares que participaron en la aplicación del plan de
    trabajo forzado de Isla de Pinos, fueron ascendidos y como era de
    esperar un buen número de ellos terminaron como delincuentes comunes por
    delitos que cometieron posteriormente; esto no es de extrañar, pues el
    que es capaz de cometer las atrocidades que se cometieron en Isla de
    Pinos, es capaz de cualquier cosa.

    Quienes hayan tenido la oportunidad de escuchar el audio de las
    comunicaciones de los pilotos castristas con su base mientras masacraban
    a las avionetas de Hermanos al Rescate habrán oído las voces de los
    esbirros que nosotros escuchamos tantas veces en la Seguridad del
    Estado, en Isla de Pinos y en otras prisiones. Son las mismas voces que
    hoy siguen escuchando en Cuba los presos políticos.

    ¡Los esbirros son siempre los mismos!

    Source: “Plan Especial Camilo Cienfuegos, un nombre para el trabajo
    forzado en Cuba” –
    http://www.martinoticias.com/content/plan-especial-camilo-cienfuegos-un-nombre-para-el-trabajo-forzado-en-cuba/35609.html

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