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    Oposición y pamplinas

    Oposición y pamplinas
    La libertad individual autoriza para decir y hacer casi cualquier cosa,
    pero no garantiza que la expresión y la acción sean razonables
    Arnaldo M. Fernández, Broward | 28/08/2014 1:10 pm

    ¿Se acuerdan del Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible
    (2012), empinado sobre el consenso con Raúl Castro de “que el país está
    al borde del abismo”? La urgencia acaba de cumplir dos años y todo paró
    en que Ariel Hidalgo se cree que, por firmar este panfleto, “más de 300
    cubanos residentes en Cuba y 27 países“ entraron a la categoría “Ser de
    lo Alto”.
    ¿Se acuerdan de El camino del pueblo (2011), remedo de aquel “camino
    para que el pueblo de Cuba transite en la verdad” que había trazado el
    Proyecto Varela (1998)? Está colgado en Internet con apenas 1490 firmas.
    La semana pasada dejó recuerdos más frescos. Jorge Luis García Pérez
    (Antúnez) sopló una “desafiante carta” a Raúl Castro, luego de haber
    alardeado en Miami con la convocatoria a un “paro nacional” y
    “postergar” en Placetas una huelga de hambre porque debía solidarizarse
    con las protestas en Venezuela. José Daniel Ferrer subió la parada
    mediática convocando a toda la disidencia a sumarse “al desafío del cubo
    de hielo por la esclerosis”.
    La libertad individual autoriza para decir y hacer casi cualquier cosa,
    pero no garantiza que la expresión y la acción sean razonables. En
    política hay algo peor que no hacer nada o ver los toros desde la
    barrera: saltar al ruedo para hacer algo insensato y aun
    contraproducente, porque el apetito mediático de la disidencia en Cuba
    termina por aburrir a la gente y despierta la sospecha de que tanta
    pamplina, por simple repetición, tiende más bien a la patraña.
    Política es estrategia
    La acción política es instrumental y tiene que obedecer a la lógica de
    medio a fin. Si Antonio Rodiles se propuso como fin que Cuba ratifique
    los pactos internacionales de derechos humanos, es lógico que emplee
    como medio el instrumento legal de queja y petición. Se queja de la
    demora de Cuba en ratificar los pactos que ya firmó y pide ratificarlos
    sin cortapisas en el Derecho interno. Así, este ademán opositor queda
    bien plantado en la dimensión horizontal de la democracia (igualdad de
    derechos) y perfectamente vinculado al contexto internacional.
    Sin lógica de medio a fin, los ademanes opositores son pura pamplina. El
    patrón acostumbrado es adentrarse en la dimensión vertical de la
    democracia (gobierno) para procurar fines supremos (plebiscito o
    referendo, mesa de diálogo nacional o asamblea constituyente, nueva
    constitución o nuevas leyes, y cosas por el estilo) con el único medio
    de la exposición y el sometimiento a la firma de la gente —sin (Oswaldo
    Payá) o con (Manuel Cuesta) discusión previa— de tal o cual proyecto que
    cristalizaría ya solo por decisión del parlamento y/o del gobierno,
    donde los promotores no tienen, respectivamente, ni un diputado ni un
    ministro a favor.
    No es arrogancia, sino pamplina, pensar que el parlamento o el gobierno
    admitirán planteos de la oposición por remitírseles determinado
    documento o divulgarse en los medios fuera de la Isla o en Internet. Lo
    peor es que la apariencia de legitimidad del castrismo descansa en los
    resultados de las elecciones, pero la oposición suele despacharlos como
    irrelevantes y para contrarrestarlos maneja nada menos que sus propios
    números de firmantes de proyectos o asistentes a reuniones. Si
    juntáramos unos y otros no llegarían, ni por asomo, al número de
    electores que, por ejemplo, vienen anulando sus boletas en la última
    década de elecciones generales: 69.863 (2003), 85.216 (2008) y 94.808
    (2013).
    Por no haber logrado jamás la fuerza del número, ni siquiera entre
    quienes expresan radicalmente su voluntad política contra el gobierno,
    estos proyectos opositores se tornan estériles. Y si no tienen apoyo
    popular por causa de la represión, el único fin racional sería entonces
    desmontarla. Tampoco sirve a tal efecto andar de un proyecto en otro,
    que vale tanto como ir de pamplina en pamplina o incurrir en algo
    políticamente peor: despreciar al pueblo.
    Ilusionismo plebiscitario
    A poco de refugiarse en Miami, Rosa María Payá largó: “El Camino del
    Pueblo es la propuesta que el Movimiento Cristiano Liberación (MCL)
    tiene para resolver la crisis política cubana de manera pacífica, y
    exhortamos al gobierno a aceptar esa propuesta”. Hace poco anunció que
    el MCL prepara “una campaña para solicitar que se realice un plebiscito
    en Cuba [con] una sola pregunta: ¿quiere participar en elecciones libres
    y plurales?”. Aunque El Nuevo Herald haya exaltado editorialmente esta
    pamplina como “Una iniciativa por la libertad en Cuba”, es sabido que
    ningún reciclaje del Proyecto Varela arraigará entre cubanos.
    Desengañémonos: cada elección en Cuba es un plebiscito, porque todo el
    mundo sabe que votar por cualquier candidato es votar por el gobierno y
    en la última década de elecciones generales lo han hecho: 7.803.898
    (2003), 7.839.358 (2008) y 7.877.906 (2013) cubanos. A este fenómeno
    cada bandería del problema cubano podrá darle la explicación que mejor
    convenga, pero el quid radica en que la solución no pasa por ninguno de
    los proyectos acostumbrados de la oposición.
    El ademán opositor de convocar a plebiscito se remonta por lo menos a la
    transición del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH) al Partido Pro
    Derechos Humanos de Cuba (PPDHC) en 1988, esto es: al tránsito de la
    lucha por la democracia desde la dimensión horizontal a la dimensión
    vertical. Al filo del plebiscito nacional en Chile, el PPDHC tuvo la
    ocurrencia de recoger firmas al bulto para convocar otro en Cuba, sin
    advertir que con diez mil o más firmas, incluso recogidas como manda la
    ley, la convocatoria no tenía ni tendría un solo diputado a favor en la
    Asamblea Nacional, que es la única instancia decisoria para convocar a
    plebiscito.
    Coda
    Desde luego que pregonar plebiscitos, soplar carta abierta a Raúl Castro
    o hacer cualquier otra pirueta para aflorar en los medios de ultramar es
    mucho más fácil y alardoso que trabajar a diario y discretamente con la
    gente intramuros para que voten contra el gobierno y acaben por
    deslegitimarlo con sus propios datos electorales. Pero quien intente
    guardar distancia frente a oposición, disidencia o resistencia que
    siempre dan más de lo mismo, sin conseguir arrastre popular ni arrancar
    concesión del gobierno, solo recogerá una sarta de improperios.
    Así que para evitarlos conviene dar crédito a proyectos tan fútiles como
    discutir el deber ser de la constitución al margen del ser que indica
    cómo transformarla, o enrumbar por aquel camino del pueblo que vocearon
    como reflejo de “un momento de mayor madurez”, así como de “apertura a
    un modelo distinto de liderazgo [y] fundamento plural de la nación”.

    Source: Oposición y pamplinas – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/oposicion-y-pamplinas-320022

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