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    Danzando con los demonios

    Danzando con los demonios
    Dios con nosotros ¿quién contra nosotros?
    Angel Santiesteban
    octubre 05, 2014

    La libertad no se mendiga, máxime si ha sido arrebatada injustamente,
    una práctica constante contra la disidencia en Cuba. Y por asumir ese
    pensamiento, “los desafíe” – según el criterio de oficiales que me
    atendieron- a partir del post del 20 de julio pasado, donde informaba el
    traslado que me harían hacia una unidad de tropas guardafronteras,
    asegurando que la intención era “mantenerme aislado y controlado”.

    Puedo asegurar que cuando intentan asfixiarte, como instinto de
    supervivencia, nace ese golpe natural y salvador, justo en los
    testículos del oponente, lo que significa la oportunidad de tomar un
    respiro.

    Y el amanecer del 21 de julio, atribulado de pensamientos bajo las
    presiones que ejercían sobre mí en los últimos meses, y sabiendo el
    lugar a donde me trasladarían -una celda dentro de una Unidad Militar,
    otra vuelta de rosca a mi constante tortura psicológica- decidí
    abandonar el asentamiento de Lawton, donde me habían recluido por casi
    un año, y evadí la férrea custodia, aprovechando la confusión que causa
    el movimiento de reclusos cuando despiertan.

    Cuando alcancé a introducirme en la ciudad, respiré el aire que me
    pertenecía por derecho propio y del que no se me debió separar por la
    soberbia del gobierno cubano debido a mis diferencias políticas;
    diferencias políticas en las que, estoy convencido, coincido con los
    demás opositores y con la gran mayoría de los ciudadanos de este país
    aunque prefieren callar –seguro, más inteligentes que yo-, y de esa
    manera mantenerse al menos libre físicamente, aunque su espíritu esté
    oprimido.

    Pero no es ese mi caso, como tampoco es el caso de muchos de los que hoy
    alzan sus voces desde la disidencia. A partir del año 2008, luego de
    crear un blog, comencé a expresar mis desacuerdos contra el
    totalitarismo imperante en nuestro archipiélago por más de medio siglo;
    un sistema opresor que ha arrastrado al país a la calamidad, a la más
    extrema pobreza, y en el cual -a partir de las carencias sociales-
    delinquir comenzó a ser la práctica más cotidiana de la población, junto
    a la emigración, sobre todo de su juventud, cuya desesperación por
    lanzarse al mar ha dejado un saldo de muchas vidas truncadas en el
    estrecho de la Florida al fracasar en el intento de alcanzar nuevos
    horizontes para sus agonizantes existencias. Tal es así que en este
    momento contamos con una población penal de las más altas en el mundo
    per cápita, en gran mayoría jóvenes que cumplen extensas y exageradas
    condenas que sobrepasan sus delitos; cerca de cuatro millones de cubanos
    viven hoy en una trágica diáspora por todo el mundo, y las cifras menos
    terribles de los estudios sobre cubanos muertos en el mar ascienden a
    más de 20 mil personas, cifra que por desgracia sigue creciendo cada año.

    Una vez que alcancé las calles, en el amanecer del 21 de julio, caminé
    disfrutando los espacios que eran habituales para mí antes de que me
    encarcelaran. Mi primera incursión fue asistir al cine; luego, en la
    noche, a una obra de teatro y, a la salida, me senté en el malecón. Me
    mantuve dos horas mirando pasar a las personas de un lado a otro,
    escuché a los cantantes que como juglares pululan en la zona intentando
    ganar propina de los turistas.

    Así estuve cinco días. Deseaba continuar apreciando teatro; creo que es
    lo que más he extrañado en mi cautiverio, pero temía que me
    reconocieran, a pesar de mi disfraz y de la pérdida de casi cuarenta
    libras de peso.

    En la noche del 26 de julio, me entregué a la Seguridad del Estado.
    Sentí que había cumplido mi intención de malograrles, de alguna manera,
    su fiesta política más importante, al desafiar la conmemoración del
    Asalto al Cuartel Moncada un día como ese del año 1953. Lo hice ese día
    –precisamente- para devolver a mis captores la incomodidad que
    intentaron provocarme con la práctica de hacer coincidir fechas
    importantes con momentos claves de mi condena: como fue entregarme en el
    Tribunal y luego ingresarme en prisión, el 28 de febrero de febrero de
    2013, exactamente cuando se cumplían los cinco años de la firma de los
    Pactos de la ONU por parte del excancilller Felipe Pérez Roque, o como
    fue trasladarme de la prisión 1580 hacia el asentamiento de Lawton, el 2
    de agosto, día de mi cumpleaños.

    Cuando el agente de la Seguridad del Estado me vio apostado delante de
    él, me preguntó si yo era Santiesteban, seguro que para cerciorarse,
    porque –supongo- que en la última semana mi foto era la más vista por
    ellos, y, al decirle que era yo, el oficial se mostró nervioso y amagó
    con extraer su arma, a lo que aconsejé calma mientras me palpaba la
    cintura para demostrarle que no estaba armado. Me pidió que me sentara
    en lo que avisaba por el celular que yo me había entregado y que me
    encontraba bajo su custodia. Le hice saber entonces que todavía me
    debían diez días; no me entendió, y le recordé los debidos pases que
    -según mi régimen penitenciario- ellos violaban flagrantemente, y que en
    su totalidad sumaban 15 días. Como mi traslado ya lo tenían preparado
    antes del 21 de julio, decidí salir con el permiso de pase que me
    correspondía, que desde hacía diez meses violaban, y que me pertenece
    con mi condicional de “mínima”, según mi sanción menor a cinco años. Así
    que tomé el pase escrito que escondía el oficial a cargo, y salí. Por
    ello, mi salida no puede llamarse fuga o evasión del régimen
    penitenciario, como informaron en los primeros momentos.

    Me llevaron para una celda, no sin antes decirme que mi acción era
    irresponsable, aventurera, desafiante y que no imaginaba todo el
    operativo desplegado en mi búsqueda.

    Allí supe que tenían detenida a una persona muy cercana a mí desde el
    mismo instante en que comprobaron mi supuesta fuga. Les aseguré que era
    una actitud injusta y arbitraria, porque yo me había asegurado de que
    nadie estuviera al tanto de mi plan de evasión, para no enlodar a esta
    persona y que arremetieran contra ella. Pero fue una ingenuidad de mi
    parte, pues -como se sabe- en Cuba se es culpable siempre hasta que se
    demuestre lo contrario.

    De inmediato, me enseñaron el video donde esta persona se debatía con su
    conciencia y sufría profundamente, casi en el delirio; comprobé su danza
    con los demonios. Entré en una profunda depresión a partir de ese
    momento, y me declaré en huelga de hambre hasta su liberación. Me
    sumergí en ese túnel sin luz donde se araña a tientas la manera de
    caminar en la total enajenación, se baja a las profundidades con lastre
    constante, y los colores se vuelven opacos, grises, hasta que te fundes
    en la oscuridad más intensa. Para ese entonces, todo te da igual.
    Recuerdo que solo sentí el calor de la mano de mi madre que guiaba la
    mía, y la mirada de Dios. Y me deje llevar, cubierto de angustia y
    desasosiego, al saber cautiva a esta persona.

    A los diez días de mi detención, los oficiales me aseguraron que ya se
    encontraba en libertad. Para ese entonces, mi organismo estaba débil, y
    no les creí hasta que lo escuché en boca de mi hija y de su madre cuando
    vinieron a la visita de diez minutos semanales.

    Allí también me hicieron saber que esta persona tomaba distancia de mí,
    sencillamente aterrada por la experiencia vivida y por el sufrimiento
    que causó a su familia.

    El dolor de saber alejada a esa persona que tanto quise es inexplicable,
    pero entiendo su terror, y preferí que fuera así porque -a partir de
    ahora- ese terror lo acompañará perenne por el resto de sus días, y se
    hará costumbre en sus pesadillas. Quizá sea lo mejor para los dos,
    porque este camino que escogí consciente de lo que tendría que vivir, es
    solo mío y de los que como yo, sienten la necesidad de comunicar al
    mundo lo que acontece dentro del archipiélago cubano. En muchas
    ocasiones tuve que rechazar a los amigos, que -con pasión e ingenuidad-
    quisieron visitarme, pero sabiendo que luego los investigarían,
    existiendo la posibilidad de que pierdan sus empleos, o simplemente sean
    agregados a la lista de quienes hay que vigilar como “no confiables”. Es
    una triste realidad que también tuve que asumir por proteger a los
    demás. Pocos meses después de entrar a prisión, quizás sin que ella lo
    supiera, me enteré de que a mi pareja de ese entonces, quien asumió mi
    encierro con entrega y puntualidad, la dejaron fuera de dos proyectos de
    trabajo. Entonces, aproveché un viaje que hizo en ese interin en el que
    me cambiaron de la prisión 1580 al asentamiento de Lawton, y decidí no
    volverla a recibir, terminando así una relación de más de cinco años.
    Esa ha sido la actitud inquebrantable por mis ideales, un ínfimo
    sacrificio comparado con lo que han hecho otros, ofrendando hasta sus vidas.

    Finalmente, después de dieciocho días en el calabozo, y como continuando
    los mensajes subliminales con fechas y conmemoraciones, me trasladaron
    el 13 de agosto (cumpleaños de Fidel Castro) hacia la Unidad de Tropas
    Guardafronteras donde me encuentro ahora, decisión que habrían
    retrasado, según me habían pronosticado los que escucharon el comentario
    de los jefes y que ya conocían el lugar: “un calabozo con televisor”,
    para reafirmar, según puedo inferir, que sus decisiones son inevitables,
    y así confirmar que mantienen el poder absoluto sobre nuestras vidas, y
    que las mueven a su antojo como fichas de ajedrez.

    El calabozo donde estoy confinado hace honor a esa palabra: no puedo
    abandonarlo; allí recibo los alimentos en las bandejas que trae un
    oficial y que se mantiene en la puerta veinticuatro horas del día.

    Cuando todavía estaba en Lawton, mi familia llevó al asentamiento a una
    Técnica de Laboratorio para que me extrajera sangre con la intención de
    hacerme análisis, pero los militares se negaron y mis familiares
    tuvieron que marcharse sin que se me realizara la extracción. Días
    después, burlé la vigilancia y saque el brazo a través de las rejas del
    fondo y me la pudieron realizar. Hoy me han comunicado que mis índices
    de hemoglobina están cerca de 12 (cuando ingresé en prisión, 17) y estoy
    con la próstata inflamada. Pero por encima de todo eso, quiero dejar
    claro que no existe ningún sufrimiento que me obligue a abandonar mi
    necesidad de expresar mi parecer sobre las circunstancias que me rodean,
    y sobre lo que pienso que es más adecuado para mi país.

    El sufrimiento que me provoca toda esta tortura psicológica, y cualquier
    otra que puedan inventar en el futuro, no es mayor que mi anhelo porque
    Cuba sea libre. No cumplo más que con mi humilde necesidad de expresarme
    libremente. Sé que, más temprano que tarde, al gobernante de turno no le
    quedará otra opción que sentarse con la oposición y llegar a un consenso
    que evite una guerra civil y los ajustes de cuentas fuera de la ley, que
    inevitablemente se desatan tras cada estampida social. Esa es mi única
    preocupación de cara al futuro.

    Lo demás -los inevitables sufrimientos- ya no son más que gajes del
    oficio que he asumido y aprendido en esta labor de informar, ser
    transparente y soportar los temores; los recibo con resignación y
    rogándole a Dios que acabe con la miseria y la falta de democracia en mi
    país, pero sobre todo, que no vuelva a suceder otra dictadura en estas
    pequeñas islas -que aun no conocen la prosperidad económica, política y
    social- y que de una vez, abrazadas en un futuro verdaderamente próspero
    y democrático, se adentren en el concierto de las naciones en vías de
    desarrollo.

    Gracias a las personas que han sufrido, informado, agregado a sus
    oraciones, junto a mi familia, y que de alguna manera, ya lo son
    también, pues creo que mi familia son todas aquellas personas honestas y
    con buenos sentimientos.

    Mi agradecimiento eterno.

    ¡Viva Cuba, y que viva libre!

    Ángel Santiesteban-Prats

    Prisión unidad de guardafronteras

    Source: Danzando con los demonios –
    http://www.martinoticias.com/content/relato-fuga-prision-escritor-angel-santiesteban/76484.html

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