Hunger strike in Cuba
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
January 2015
M T W T F S S
« Dec   Feb »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031  
Translate
EnglishFrenchGermanItalianPortugueseRussianSpanish
Archives
Recent Comments

    El susurro de Stalin

    El susurro de Stalin
    BORIS GONZÁLEZ ARENAS | La Habana | 6 Ene 2015 – 12:19 pm.

    Amenzas, racismo, violación de derechos fundamentales: un relato de mi
    detención a manos de la Seguridad del Estado.

    Desde que estábamos en el calabozo al que habíamos llegado el pasado
    martes 30 de diciembre de 2014, donde coincidimos varios periodistas,
    sabíamos que nombrar el primer artículo que haríamos sobre nuestro
    secuestro sería difícil. Habíamos llegado a “el Vivac”, que es como nos
    decían algunos de los detenidos que se llamaba la unidad policial,
    después de presentarnos en la Plaza de la Revolución para participar en
    la performance El susurro de Tatlin, ingeniado por la artista cubana
    Tania Bruguera. Pero ella no llegó nunca y allí supimos que estaba
    incomunicada desde la madrugada anterior.

    La convocatoria era para las tres de la tarde. Sobre las cuatro nos
    íbamos un pequeño grupo compuesto por Luis Trápaga, Ernesto Santana,
    Waldo Fernández, Pablo Pascual, Yania Suárez y yo. Todos fuimos
    detenidos allí y a los hombres nos trasladaron al Vivac en una pequeña
    camioneta cerrada.

    Podría describir con el título la naturaleza de un distanciamiento
    inesperado de nuestras familias que nos haría pasar lejos las fiestas
    del año nuevo. Para Pablo Pascual, Don Sayú, Pavel Herrera y Ernesto
    Santana, la distancia tenía además el agravamiento del hambre. El Vivac
    fue la cárcel que se dispuso para nuestro encierro y ellos se
    abstuvieron de alimentarse allí.

    Pero también podría referirme al acercamiento que se constató en tan
    poco tiempo entre personas desconocidas, con oficios y orígenes sociales
    tan distintos. Verifiqué en estos días que la oposición cubana sufre más
    mientras más humilde es el opositor, más oscuro es su color de piel y
    más lejos vive de la Habana.

    Duviel Blanco, que maneja un bicitaxi en La Habana Vieja, fue amenazado
    por el oficial de la Seguridad del Estado que nos recibió en el Vivac.
    Para hacerle entender el peligro que corría de perder su trabajo si
    continuaba militando en la oposición política, el oficial le dijo que
    debía definirse entre el modo cómo se busca la vida y su militancia
    humana, pues la conservación de uno implicaría la pérdida del otro.

    Miguel Campanioni vende granizado y ya le confiscaron en una ocasión el
    carro que usa en su trabajo, también en una ocasión la Seguridad del
    Estado le robó sus zapatos y su teléfono móvil.

    Don Sayú, miembro de la Unión Patriótica Cubana (UNPACU), que vive en
    Santiago de Cuba, nos contaba los métodos que usa allí la policía
    política para reducir las manifestaciones de la oposición. Nos contaba
    cómo desnudan a los opositores y los dejan a kilómetros de su casa
    descalzos, y cómo las golpizas son mucho más cotidianas, pero también
    nos contaba el respeto que merece la UNPACU en Santiago de Cuba y no se
    podía, al escucharlo hablar y sentir su extraordinaria ansiedad de
    justicia, dejar de evocar la figura misteriosa de los héroes
    santiagueros, desde Antonio Maceo, Flor Crombet o Donato Mármol, hasta
    José Daniel Ferrer, jefe nacional de la UNPACU.

    También estaban con nosotros en el penal Andrés Pérez, presidente de la
    Comisión de Atención a los Presos Políticos y sus Familiares (CAPPF) y
    los miembros de esta comisión Carlos Manuel Hernández (Atos), Delio
    Francisco Rodríguez y Ariobel Castillo.

    Fue Ariobel Castillo quien escuchó al oficial de guardia que entró el
    día 2 de enero, poco antes de la salida del último grupo, decirle al
    Jefe de la Unidad que “el negro” —refiriéndose a DonSayut, al que había
    ayudado a sacar por la fuerza para conducirlo a una guagua y deportarlo
    a Santiago de Cuba— le había dejado su peste encima. La actitud de los
    oficiales de guardia varió ostensiblemente durante aquellos cuatro días,
    pero aquel oficial añadió que para terminar nuestras manifestaciones en
    el penal lo que había que hacer era fusilar a uno de nosotros.

    El Jefe de la Unidad —en estos días de tantas mentiras debo aclarar: el
    que se presentó siempre como el Jefe de la Unidad—, con dos estrellas
    blancas en el cuello de su camisa de policía, lo escuchó y se retiró sin
    llamarle la atención por aquella estúpida manifestación de racismo y odio.

    Pero el título del artículo podría estar marcado también por los
    momentos de comunión. Aquellos en los que todos coincidíamos encantados
    y se olvidaban las incomodidades, espirituales y físicas.

    Una de ellas fue la llegada el segundo día del encierro, el día 31, de
    Claudio Fuentes, que apenas siete días antes había llegado de Nueva
    York, donde estuvo seis meses. Tan solo esta condición manifiesta un
    contraste gracioso. Pero Claudio se pasó toda esa noche conversando,
    hablando de Nueva York frente a un público que le prestó gustoso el
    protagonismo, lo que para él tiene un placer añadido y estimulante.

    La llegada de alguien nuevo al calabozo —el segundo día llegó, junto a
    Claudio y Campanioni, Miguel Borroto— daba aire al grupo, del mismo modo
    que la salida dejaba sensación de vacío y zozobra. Esa es la razón de
    que la policía política instrumente las salidas escalonadas, pues la
    expectativa de la libertad funciona sobre mecanismos que están más allá
    de la razón y siempre producen inquietud.

    Pero hablando de la comunión del grupo hubo un evento que no olvidará
    ninguno de los que estaba allí. Ni siquiera los presos comunes que
    estaban separados de nosotros y nos escuchaban. Quizás tampoco El Sexto
    y Sonia —una miembro de la UNPACU en huelga de hambre desde días atrás y
    cuyo apellido no conozco— que estaban allí en calabozos de presos
    comunes, la estrategia con que el régimen encubre el móvil político de
    no pocas detenciones.

    El 31 de diciembre, a las 12 de la noche, cantamos el Himno Nacional y
    gritamos, tanto como nos lo permitieron nuestras gargantas, pues ya
    habían gritado bastante durante el día “Abajo los Castro”, “Viva Cuba
    Libre”, “Abajo la miseria”, “Abajo los secuestradores de la Seguridad
    del Estado”. Después de aquella catarsis encantadora, olvidaban el
    hambre los que no habían comido, olvidábamos que estábamos sucios y que
    no teníamos pasta de dientes, olvidábamos las incomodidades del
    confinamiento y parecíamos individuos libres que borrábamos de un grito
    60 años de tiranía.

    Hubo a lo largo de estos cuatro días una acción de refinada perfidia, lo
    que le da a una detención el carácter de secuestro y convierte en
    paramilitares a las tropas que lo ejecutan. Todo detenido tiene en Cuba
    el derecho de hacer una llamada telefónica en cuanto llega a la estación
    de policía. La llamada es el procedimiento más elemental para enterar a
    la familia. La reclusión, legal o no, es pena suficiente y no es
    necesario ofender al recluso negándole el más elemental de los
    procederes. La negación de la comunicación con la familia, unida a la
    ausencia de toda información sobre nosotros, acentúa el crimen que rodeó
    nuestro confinamiento.

    Mientras estaba en aquella celda, yo era consciente de mi estado, de la
    angustia que sentía, y aunque sin noción de qué pasaría con nosotros,
    era consciente de lo que estaba pasando: mi familia no. El testimonio de
    su tristeza, su conmoción, su movilización indignada a favor de mi
    libertad, solo me ha permitido saber que, a la par de mí, mis familiares
    más allegados sufrían, e incluso que por momentos sufrían más ellos que
    yo. Y eso por la imposibilidad que tuve de calmarlos con mi voz.

    Incluso pedí a los numerosos oficiales que instrumentaron nuestro
    secuestro que llamaran ellos y en algunos momentos aspiré a que ya lo
    hubieran hecho. Vana ilusión.

    A los agentes de la Seguridad del Estado les comuniqué que jamás, como
    miembro de la oposición cubana, consentiría que cayeran en un espacio
    sin ley, y que aún menos aprobaría que se sumaran agravios dirigidos
    contra la familia y los amigos durante el cumplimiento de las penas que
    pudieran caberles por sus delitos presentes.

    Pero para nombrar este artículo sería insuficiente referirme tan solo a
    nuestra experiencia y no aludir a la obra de arte que nos convocó y su
    suerte a manos de Tania Bruguera.

    Tania no se limitó a desatar nuestra pasión para desentenderse luego de
    sus consecuencias. Algo que podría haber hecho aludiendo a que ella era
    solo la artista y que había llevado hasta bien lejos su obra, pues fue
    detenida desde mucho antes de las tres de la tarde del 30 de diciembre,
    cuando había dispuesto la realización de su performance.

    Ya libre y conociendo la condición en que estábamos, se personó en el
    Vivac junto a Antonio Rodiles y otros activistas democráticos. La acción
    les costó un nuevo aprisionamiento —Antonio Rodiles también había sido
    detenido y excarcelado algún tiempo después— y, una vez en prisión, la
    artista demandó que no la liberaran hasta que estuviéramos en libertad
    todos los detenidos. Cosa que, al parecer, se cumplió como ella quiso.

    Con semejante actitud Tania Bruguera comenzó una obra y concluyó otra,
    un tipo de arte que es lanzado al espacio y que toma su forma de manera
    independiente sin que la artista deje de ser protagonista del resultado.

    Ella demostró que es posible ser artista y mantener la coherencia cívica
    que muchos pretenden diluir en las exigencias del oficio. Se sumó con su
    acción a las mujeres que nos dan el pie para enorgullecernos de nuestra
    militancia, tales son Sonia Garro, Yoani Sánchez, Berta Soler, Ofelia
    Acevedo y tantas otras.

    Tania Bruguera pretendió invertir la lógica del régimen y, por primera
    vez durante el castrismo, hablar desde el pueblo reunido a la tribuna.

    Si El susurro de Tatlin tuvo en esta versión un acabado tan diferente
    del esperado, el grosero procedimiento de los paramilitares cubanos fue
    el habitual. Su encubrimiento en seudónimos o la omisión de sus nombres
    en sus presentaciones y la búsqueda de la sombra como sitio dispuesto
    para sus operaciones, expone involuntariamente su falta de vergüenza.

    El susurro de Tatlin recuerda a Vladimir Tatlin, el gran artista
    soviético que promovió un arte involucrado en la sociedad, y en ello veo
    también el homenaje formidable a una generación de soviéticos que creyó
    poder realizar el paraíso sin saber lo cerca que estaba el infierno. La
    actitud de las fuerzas paramilitares cubanas recuerda más bien a la
    traición inmoral que le propinaron al gran movimiento vivificador
    Vladímir Ilich Lenin y su genocida descendencia ideológica encabezada
    por Iósif Stalin.

    Source: El susurro de Stalin | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1420491093_12152.html

    Tags: , , , , , ,

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *