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    ‘Decir la verdad’ – el viaje de François Hollande a Cuba

    ‘Decir la verdad': el viaje de François Hollande a Cuba
    J. MACHOVER / L. MULLER / C. DAVID | París | 6 Mayo 2015 – 7:44 am.

    ¿Qué dirían hoy François Hollande y Laurent Fabius de sus opiniones
    sobre Cuba publicadas en 2003?

    La visita de François Hollande a Cuba, el 11 de mayo de 2015, significa
    un giro en las relaciones entre Francia, Europa y la dictadura
    castrista. Se trata del primer jefe de Estado de un país democrático
    desarrollado que viaja a la Isla. Esa visita había sido preparada desde
    hacía tiempo primero por las múltiples estancias del expresidente
    socialista del Senado, Jean-Pierre Bel, y luego por la del ministro de
    Relaciones Exteriores, Laurent Fabius. Ambas eran anteriores a la
    espectacular alocución simultánea de Barack Obama y de Raúl Castro el 17
    de diciembre de 2014 y a su encuentro en abril de 2015 durante la Cumbre
    de las Américas en Panamá. No se trata, pues, de un simple mimetismo en
    relación con la nueva política del Gobierno estadounidense, decidida sin
    el acuerdo del Congreso, republicano en su mayoría, que, bajo el impulso
    de los senadores y representantes cubanoamericanos, intenta oponerse por
    todos los medios al levantamiento del embargo.

    No ha habido prácticamente voces discordantes, ni en Francia ni en
    Europa. Casi todo el mundo, tanto en los medios de comunicación como en
    el seno de los partidos políticos, parece considerar que resulta
    absolutamente normal admitir a Cuba dentro del concierto de las
    naciones, a pesar de la fuerte recrudescencia de la represión desde el
    anuncio de la normalización entre Estados Unidos y Cuba.

    Ya está lejos la época en que innumerables protestas se habían alzado
    cuando, en marzo de 1995, Fidel Castro había sido oficialmente acogido
    en el Elíseo por el presidente François Mitterrand y su esposa Danielle,
    quien le había dado entonces un beso muy poco diplomático al Máximo
    Líder, para dejar constancia de su admiración y su apoyo. El entonces
    ministro de Cultura, Jack Lang, oficiaba como maestro de ceremonias en
    una memorable visita al museo del Louvre, en la que, entre otras
    estupideces, Fidel Castro le había preguntado cuánto costaba… la Mona Lisa.

    Ningún dirigente socialista (ni de ningún otro partido) cuestiona hoy
    día el viaje del presidente Hollande. Al contrario. La lista de
    invitados se alarga día a día. Todos quieren estar en el avión y
    participar en la fiesta cuando hayan llegado a la Isla, con un buen ron
    y un puro, generosamente brindados esta vez por Raúl Castro. Sin
    embargo, como homenaje nostálgico al dirigente mítico de la revolución,
    Hollande ha manifestado su deseo de encontrarse con el hermano mayor,
    esa “figura emblemática”, a pesar de su lamentable estado de salud, que
    le impide prácticamente de salir de su casa-hospital, excepto para
    tomarse alguna foto con sus admiradores, siempre complacientes.

    Y, sin embargo, ¿qué diría François Hollande, quien ha sido elegido
    Presidente de la República en 2012, si tuviera la curiosidad de releer
    el artículo que él mismo había publicado en la revista Le Nouvel
    Observateur el 27 de febrero de 2003, cuando oficiaba simplemente como
    Primer Secretario del Partido Socialista? El artículo llevaba por
    título: “La hermosa revolución se ha vuelto una pesadilla…. Decir la
    verdad”. En él criticaba, desde luego, el embargo estadounidense,
    colocado en el mismo plano que “las derivas del régimen castrista”. Pero
    también insistía en detallar esa “verdad” en términos claros y
    contundentes: “poder personal, incluso familiar, rechazo a cualquier
    tipo de elecciones libres, censura, represión policial, encarcelamiento
    de disidentes, campos de trabajo, pena de muerte, en suma, el arsenal
    completo de una dictadura”.

    ¿Qué ha cambiado realmente desde entonces? El poder personal se ha
    vuelto familiar, incluso dinástico. Sigue siendo imposible concebir
    elecciones libres, con un régimen de partido único. La censura se ejerce
    constantemente contra los artistas, los escritores, los periodistas
    independientes, los blogueros, que se atreven a cuestionar la terrible
    realidad cotidiana que afecta al conjunto de la población. En cuanto a
    la represión policial, haría falta oír lo que dicen las Damas de Blanco,
    madres, hermanas, hijas de presos políticos, violentamente atacadas cada
    domingo por las fuerzas policiales y permanentemente hostigadas por los
    esbirros del castrismo por medio de los “mítines de repudio”. Una
    creación original, al igual que los Comités de Defensa de la Revolución,
    los comités de chivatos implementados por la “hermosa revolución” que no
    ha dejado, desde sus inicios, de encerrar en los campos de trabajo o en
    las cárceles, por decenas de miles, no solo a los disidentes, sino
    también a los homosexuales, a los militantes católicos, a los marginales
    adeptos de las religiones afrocubanas o a los jóvenes amantes de rock, y
    que ha llevado a cabo sin vacilar miles de ejecuciones, después de
    procesos estalinistas vergonzosos. En cuanto a la pena capital, Raúl
    Castro ha decretado una simple moratoria (por si fuera necesario
    aplicarla de nuevo). Y es que existen otros medios para condenar para
    siempre al silencio a los opositores: dejar morir, en 2010, a Orlando
    Zapata en la prisión como consecuencia de una huelga de hambre o
    eliminar, en 2012, por medio de un extraño accidente de tráfico
    provocado sin duda por la policía política, la siniestra Seguridad del
    Estado, a los militantes pro-derechos humanos Oswaldo Payá (que Hollande
    consideraba como “el valiente instigador de un proyecto de plebiscito”)
    y Harold Cepero.

    El actual ministro de Relaciones Exteriores Laurent Fabius, quien
    ocupaba en aquellos tiempos un simple escaño de diputado, escribía por
    su parte, también en Le Nouvel Observateur, el 19 de junio de 2003:
    “Fidel Castro, quien reclama un nuevo reconocimiento por parte de la
    comunidad internacional, es, sencillamente, un dictador. (…) Las
    dictaduras no son de derecha ni de izquierda: son infames”.

    Todos, Presidente de la República Francesa y ministros, así como sus
    numerosos acompañantes, traicionando el espíritu de sus declaraciones
    pasadas, viajan ahora a un país del que cerca de la cuarta parte de la
    población está exiliada, donde la educación tan ensalzada por los
    organismos internacionales no es más que un adoctrinamiento perpetuo,
    donde la salud pública está en ruinas desde la caída de la Unión
    Soviética y de los “países hermanos”. La palabra “libertad” es una idea
    que desconocen los dirigentes. Es sin embargo la brújula constante de
    los que, a pesar de la represión, siguen creyendo en un futuro
    democrático para la Isla, abandonada desde hace medio siglo a su suerte,
    al poder omnímodo de los hermanos Castro, con el consentimiento de los
    responsables de las naciones democráticas y hasta del Papa, quienes
    prefieren precipitarse hacia ese nuevo Eldorado con el que han soñado
    tanto en el pasado, sin tomar en cuenta las aspiraciones legítimas del
    pueblo cubano, en la Isla y en el exilio.

    En efecto, los cubanos expresan sus deseos prefiriendo morir en la
    travesía del Estrecho de la Florida o tomando otras vías igualmente
    peligrosas en lugar de seguir bajo el yugo del régimen. Su número ha
    seguido creciendo, aún después del anuncio del acercamiento entre Obama
    y Raúl Castro.

    Las redes de simpatizantes del castrismo siguen siendo influyentes. Han
    hallado aliados de peso en importantes empresas, a las que invitan a ir
    a invertir en el paraíso tropical. Pero no hay que olvidar la realidad
    cotidiana de los trabajadores cubanos, que sobreviven con 25 dólares de
    ingreso mensual promedio y no tienen derecho a la más mínima libertad
    sindical. Sin ayuda activa a la disidencia, el final ineluctable de los
    hermanos Castro llevará a la Isla hacia la perpetuación de la tiranía
    dinástica o hacia el caos.

    François Hollande tiene aún la oportunidad, durante su estancia, de
    efectuar algunos actos simbólicos significativos. Debería recibir a los
    representantes de la disidencia interna y reclamar la creación de una
    comisión internacional de investigación sobre las circunstancias de la
    muerte de Oswaldo Payá y de Harold Cepero. De otra manera, Francia,
    Europa y la comunidad internacional en su conjunto llevarían gran parte
    de responsabilidad en el abandono de cualquier perspectiva de
    alternativa democrática en Cuba.

    Jacobo Machover, escritor y profesor universitario cubano, exiliado en
    Francia.

    Laurent Muller, presidente de la Asociación Europea Cuba Libre.

    Catherine David, escritora y periodista.

    Source: ‘Decir la verdad': el viaje de François Hollande a Cuba | Diario
    de Cuba – http://www.diariodecuba.com/internacional/1430849691_14394.html

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