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    ‘Esto no es noticia, es contrarrevolución’

    ‘Esto no es noticia, es contrarrevolución’
    PABLO PASCUAL MÉNDEZ PIÑA | La Habana | 4 Dic 2015 – 5:44 am

    “¡El dinero, pinga!”, se escuchó y sobrevino una gritería. Le sucedieron
    chillidos confusos y los manifestantes lo mismo aplaudían que
    abucheaban. Era lunes 30 de noviembre y una multitud cercana a las 500
    personas bloqueaban la intercepción de la 5ª Avenida y la Calle 40, en
    Miramar.

    La muchedumbre reclamaba dinero por aquí y solicitaban visas por allá.
    Desde el cordón policial que protegía el acceso a la embajada
    ecuatoriana, alguien hablaba a través de un megáfono, pero solo
    escuchábamos un bisbiseo ininteligible. “¡No se oye, no se oye!
    —vociferaban desde la multitud—. ¡Que venga el embajador, queremos
    hablar con él!”

    Decenas de teléfonos móviles grababan vídeos sobre las cabezas de los
    presentes. La prensa extranjera irrumpió con cámaras y micrófonos.
    Algunos periodistas de los medios oficiales merodeaban y desde el molote
    algunos exclamaban: “¡Prensa, prensa, quiero hablar, quiero hablar!”

    Una joven de ojos azules obtuvo la primicia: “¡Señores, ya los
    funcionarios mandaron a decir que nos van a dejar pasar. Ahora debemos
    desocupar la Quinta Avenida!” “¡No vamos a desocupar ni cojones
    —respondieron desde la multitud—, que dejen el descaro, y pongan las
    visas por delante como prometieron!” Un joven negro con una rutilante y
    dorada dentición solicitó el micrófono para decir: “¡Aspiramos a
    largarnos en paz. Por favor, ruego al excelentísimo señor embajador que
    nos otorgue la visa!”

    En ese instante noté que la batería del móvil se agotó y los rayos
    solares no me permitían verificar la calidad de las fotos tiradas.
    Entonces decidí buscar mi cámara y mi grabadora. Monté en mi bicicleta y
    salí disparado. Al regreso, ya los protestantes se había tranquilizado,
    pero la 5ª Avenida aún permanecía cerrada al tránsito.

    Saqué la cámara e hice algunas fotos. Solo me restaba recoger varias
    opiniones y marcharme. De súbito alguien dijo: “Pablo Pascual Méndez
    Piña, guarde la cámara y acompáñenos”. Al mirar, dos oficiales de la
    policía política vestidos de civil estaban a mi lado.

    Salimos de la zona en conflicto. Después de solicitarme que borrara las
    fotos, uno comentó: “¿Por qué te buscas problemas?” “Soy periodista
    independiente”, respondí. “Y una multitud de 500 manifestantes que para
    el tráfico en 5ª Avenida es un evento noticioso”. A lo que uno de los
    guardias ripostó: “Esto no es noticia, es contrarrevolución.”

    Durante el tiempo que les entregaba el carnet de identidad, otro oficial
    me verificaba a través de un walkie talkie. Uno de los segurosos se
    encargó de declamar algunas partes de mi biografía y comentar el
    contenido de algunos de mis artículos, esforzándose en ponerme la capa
    de “súperchequeado”.

    Llegó el patrullero, acomodaron la bicicleta en el portamaletas,
    ocuparon mis pertenencias, me esposaron e introdujeron en el carro.
    “¡Directo pal calabozo!”, dijo el jefe. Y aquel Geely blanco rotulado
    con el 666 —el número de la bestia— devoró el tramo de pavimento que nos
    separaba desde 3ª y 40 a las calles 7ª A y 62, adonde se encuentra la
    unidad de investigaciones criminalísticas del municipio Playa. Por la
    planta indicaron que yo estaba detenido por orden del teniente coronel
    Camilo.

    Me quitaron las esposas y me condujeron al umbral de los calabozos. Allí
    me dijeron que vaciara mis pertenencias sobre un buró. Una teniente
    coronel de la contrainteligencia preguntó por mis generales, las anotó
    en un formulario y al concluir inquirió: “¿Chico, tú no oíste lo que
    dijo el Gobierno?”, y respondí: “Me interesaba tanto lo que dijo el
    Gobierno, como lo que dicen los cubanos que protestan en 5ª Avenida”.

    La teniente coronel salió fortuitamente por otros asuntos. Timbró mi
    móvil y una oficial de la policía me dijo: “cógelo”. Era mi esposa. Le
    revelé que estaba detenido en 7ª A y 62. Al colgar me sentí más
    tranquilo. La teniente coronel reapareció y me ordenó apagar el móvil.
    Más tarde, un oficial se encargó de inventariar mis pertenencias. Luego,
    un policía comentó que mi esposa estaba en la carpeta preguntando por
    mí. Me sorprendió su capacidad de reacción.

    Calabozo

    A la una de la tarde me condujeron al calabozo. Solo había uno
    disponible y, en él, había dos detenidos, a quienes sacaron en apenas 20
    segundos. La celda tenía una superficie de 48 metros cuadrados y 5
    metros de puntal. La única ventana, apenas tenía un metro cuadrado.

    Había un banco de granito estrecho y pegado a la pared, era incomodo
    tanto para sentarse como para acostarse. No había baños. El piso estaba
    sucio y había un fuerte olor a orina. Las paredes estaban llenas de
    rótulos, nombres, apodos, “SATS”, “UNPACU”, “Abajo Raúl”. En las afueras
    se escuchaba el ir y venir de automotores, voces, gritos.

    Trate de dormir pero no lo logré. Ignoraba que mi esposa estuviera en el
    edificio hasta las 7 y 30 de la noche esperando por informaciones mías.
    Ella sostuvo un encontronazo con Kenia, la antes mencionada teniente
    coronel, que desde entonces me trató con resentimiento.

    Cuatro horas más tarde sentí una apertura de rejas. Introdujeron en la
    celda a Manuel Guerra Pérez, un colega de Cubanet, que también fue
    interceptado por la policía política en los alrededores de la embajada
    ecuatoriana.

    Asomaron para ofrecernos comida y agua, respondimos que estábamos
    plantados (huelga de hambre). El agua la traían en un jarro mugroso y
    por ello la rechazamos. El inodoro estaba en otro calabozo, era de acero
    inoxidable y en su totalidad cubierto por una costra de excremento seco.

    Un instructor me sacó de la celda. Me condujeron a un recinto, donde
    mesa por medio nos sentamos. El instructor lucía una sortija masónica
    del tamaño de una nuez y un pulso con dos esferas en las puntas. Usar
    prendas con uniformes militares, en otros tiempos, constituía una
    indisciplina, pensé.

    Nos cuestionamos mutuamente. Él afirmaba que no ocurrió un hecho
    noticioso en el lugar donde fui detenido y, yo, que sí. Pasé a la
    ofensiva y le pregunté: “¿Tú eres periodista?”. A lo que respondió: “No,
    soy un oficial”. “Entonces, si no eres periodista, por qué afirmas lo
    que no sabes”. Él quedó en silencio.

    Después indagó sobre las propiedades de la cámara, grabadora y teléfono
    móvil que me ocuparon. Le respondí que fueron comprados en Madrid y allá
    entregan vales de compra, no propiedades. Respondió: “Allá dan
    propiedades también”. Volví a la ofensiva: “¿Tú has estado en Madrid?”
    Respondió: “No”. “Y, si no has estado en Madrid, ¿por qué cuestionas lo
    que no sabes?”. Cerró la boca.

    Redactó con rapidez una nota, que según él, era mi declaración. Traté de
    leer, pero no pasé de la segunda línea —así reacciono ante las malas
    redacciones— y le dije que no. El oficial se incorporó, salió y buscó a
    dos oficiales, que no estuvieron presentes durante el interrogatorio,
    pero firmaron como testigos tras mi negativa.

    Me llevaron de vuelta a los calabozos, por el camino bebí agua de un
    lavamanos chorreante y pude apreciar que afuera estaban parqueados al
    menos una decena de furgones jaulas para reprimir a los protestantes de
    la embajada ecuatoriana. Con un vistazo a los alrededores, deduje que
    este sitio era el Estado Mayor de la probable operación represiva.

    Después nos interrogó otro oficial. Más afable, más comprensivo. Su
    objetivo era convertirnos en traidores —como los informantes Serpa
    Maseira o Capote, alguna vez infiltrados en grupos de la sociedad civil
    cubana—, e insistió en que más adelante, nos sentáramos en un parque a
    conversar, en otra ocasión. Ante las negativas, dijo “dejar abierta la
    posibilidad”.

    En varias ocasiones los oficiales pidieron la contraseña de mi móvil. Me
    negué rotundamente. Su sistema de seguridad fue instalado durante un
    viaje que efectué a Trinidad y Tobago. El crédito de este sistema de
    protección consistía en que los especialistas del FBI habían tardado dos
    días es descifrarlo. Y, pensé: vamos a ponerlos a prueba con una enigma.

    La madrugada de los travestis

    A media noche sacudimos rejas y llamamos al guardia para pedir
    colchones. El oficial regresó con la teniente coronel Kenia, quien
    autorizó los colchones a regañadientes. Después pedimos un pomo de agua,
    y a gritos —única forma de comunicarse— se nos respondió que el jarro
    mugriento era la única opción.

    Sobre dos colchonetas de espuma de goma nos acostamos en el piso. No
    recuerdo cuándo concilié el sueño, pero sí que desperté sobresaltado por
    los gritos y las patadas en las rejas. Cuatro travestis fueron
    introducidos en el calabozo y su escándalo se multiplicaba por la
    reverberación.

    Aparecieron Kenia y otros oficiales. Los travestis los mandaron “pa la
    pinga”, a ellos, “a La Pinta, La Niña y La Santa María”. Las plumas
    estaban por encima de las estrellas, las barras y los uniformes. Vimos
    cómo Kenia tuvo que replegarse con el rabo entre las piernas,
    exclamando: “Mi responsabilidad son esos dos”, refiriéndose a nosotros.

    Los travestis amenazaron con desnudarse, cagarse, llenar las paredes de
    mierda y mearse (esto último sí lo hicieron). Dieron patadas a las rejas
    al unísono, y aún no me explico cómo no rompieron el candado.

    Llamaron al oficial para ir al baño porque uno de ellos, recientemente
    operado de cambio de sexo, estaba sangrando. El guardia dijo que la
    única opción era el baño cochino, y la respuesta fueron más obscenidades
    y patadas a las rejas. Durante varios minutos los travestis llamaban a
    un “superior” o “político” que nunca apareció.

    Las pausas y arremetidas se alternaban. Lo mismo gritaban que cantaban
    con estridencias la canción Amigas, imitando coreográficamente a Elena
    Burke, Omara Portuondo y Moraima Secada.

    Luego grabaron un vídeo donde protestaban por la discriminación. Por las
    acusaciones de “jineterismo” por parte de la policía. Hablaban del
    CENESEX como si fuera la catedral de San Pedro del Vaticano y la
    beatificación de Santa Mariela [Castro] de los transformistas.

    Temíamos reírnos. Existía la posibilidad de que se acomplejaran y nos
    agredieran. Un rato después, se relajaron y conversaron con nosotros.
    Nos presentamos como periodistas, les contamos nuestra odisea, y luego
    nos prestaron un móvil para que Mario llamara e informara a su novia
    sobre nuestra situación.

    Los travestis continuaron gritando y danto patadas en las rejas, hasta
    pasadas las 4 de madrugada, cuando los sacaron de la celda. Mario y yo
    coincidimos en que todo fue un montaje. Regresó la tranquilidad, pero
    quedaron las emanaciones de amoniaco, procedentes de la charca de orines.

    La salida

    Sacudimos las rejas. La peste a orina era insoportable. Vino otra
    oficial, echaron agua y una sustancia blanca antes de barrer. Pasadas
    las 11 de la mañana, me sacaron de la celda y buró por medio con la
    teniente coronel Kenia, procedieron a entregarme mis pertenencias. La
    cámara y grabadora quedaron ocupadas por la Seguridad del Estado.

    Me extendieron un acta de “libertad con causa” por el delito de
    “receptación”, a consecuencia de no justificar la procedencia de los
    artículos de marras. Me negué a firmar. También le dije a Kenia “que la
    escena de los travestis quedó fenomenal” y soltó un alarido desgarrador,
    justificando que las travesti se alteraron, porque nosotros teníamos
    colchones y ellos no.

    Un teniente coronel con más ética y profesionalismo me propuso un trato:
    Si revelaba la clave del móvil, me lo devolverían. De lo contrario lo
    ocupaban. Acepté. Me trasladaron al vestíbulo de la estación. Después vi
    a Mario Guerra salir con el bolso vacio. No pude hablar con él, pero
    conjeturé que también le ocuparon su cámara y su computadora portátil.

    Los peritos que examinaban el móvil tardaron cerca de tres horas. Luego
    de salir llegué a un quiosco para tomarme una cerveza y calmar la sed,
    una angustia que soporté durante 26 horas de encierro. Sobre la
    bicicleta desanduve el camino hasta la Calle 7ª y 42, donde aún
    permanecía el aparatoso cerco policial.

    Al llegar a la casa, como siempre, el primero en recibirme fue mi
    perrito Figaro. Acaricié su cabeza para saludarlo. Su nombre trasmutado
    a símbolos, fue la clave que no pudieron descifrar.

    Source: ‘Esto no es noticia, es contrarrevolución’ | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/derechos-humanos/1449204254_18569.html

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