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    Cuba, nota sobre el racismo ‘revolucionario’

    Cuba, nota sobre el racismo ‘revolucionario’

    El racismo revolucionario pretende eliminar las desigualdades impidiendo
    que estas se mencionen
    Para el gobierno cubano, un negro útil sería el funcionario Esteban
    Lazo; un negro ‘imperdonable’, el disidente Orlando Zapata Tamayo
    En el presidio político cubano los negros eran tratados con más saña que
    el resto de los prisioneros

    ENRIQUE DEL RISCO

    La breve visita del presidente Obama a Cuba parece marcar –entre tantas
    cosas– la apoteosis del racismo revolucionario: ya sea en la forma de
    comparaciones –desfavorables- llevadas a cabo por Fidel Castro entre el
    presidente norteamericano y el cubano Antonio Maceo o el sudafricano
    Nelson Mandela; de algún periodista oficialista tratando de demostrar
    que ser negro es incompatible –por ejemplo– con ser sueco. Un racismo
    que se hacía notar en la insistencia en ciertas expectativas asociadas
    con la raza del actual presidente norteamericano. O en las reiteraciones
    de que no tenía sentido abordar el tema del racismo en Cuba porque este
    había sido abolido por la revolución en 1959.

    Y es que una de las principales diferencias entre el racismo
    revolucionario y el tradicional es que mientras el segundo hace todo lo
    posible por conservar y justificar las desigualdades el primero, el
    revolucionario, pretende eliminar las desigualdades por el procedimiento
    expedito de prohibir que se mencionen. El racismo “revolucionario” se
    empeñará incluso en eliminar cualquier modo oficial de discriminación
    pero a continuación las “minorías” hasta entonces discriminadas deberán
    delegar su capacidad de reclamo en la vanguardia “revolucionaria”. Es
    racista porque al igual que el racismo tradicional entiende que la
    minoría en cuestión no puede ni debe decidir por sí misma lo que le
    conviene y lo que no porque en cuestiones de autonomía y autoconciencia
    social son inferiores. Es revolucionaria porque a diferencia del racismo
    tradicional considera que a tales minorías se les puede sacar partido.
    Luego de restregarles durante un buen rato los méritos de la vanguardia
    revolucionaria como liberadora de dicha minoría se le exige una absoluta
    devoción y la cesión total de su capacidad de expresar y defender sus
    reclamos particulares o generales.

    De ahí que la reacción en los medios oficiales a la visita del
    presidente norteamericano –y en especial a su discurso en defensa de los
    valores democráticos del país que representa– haya sido tan visceral.
    Aunque esos mismos medios debieran haber sabido que Obama llegó a la
    presidencia con la mayoría de los votos de un país que durante décadas
    han demonizado, no han podido ocultar la sorpresa que les produjo su
    defensa de valores esencialmente norteamericanos. De alguna manera
    esperaban del presidente norteamericano la misma devoción que esperan de
    la población negra en la isla. Porque para el racismo revolucionario,
    como para cualquier otro, resulta elemental asociar el color de la piel
    de una persona con cierta actitud. En este caso se trataría de esperar
    al menos alguna suerte de complicidad de parte de Obama en nombre de las
    supuestas ventajas otorgadas por la Revolución a la raza a la que
    pertenece. Un racismo que, a diferencia del tradicional, sí hace una
    distinción entre las personas pertenecientes a la raza negra. Para ellos
    existen negros útiles y negros imperdonables. Útiles como Esteban Lazo,
    funcionario de rango impreciso en la nomenclatura castrista pero al que
    durante la visita de Obama era colocado insistentemente al lado del
    octogenario dictador ya fuera para convencer a Obama que los negros
    cubanos no estaban totalmente apartados del poder o para compensar la
    blancura del Castro de turno. Un negro imperdonable sería el disidente
    Orlando Zapata Tamayo muerto tras una larguísima huelga de hambre en la
    cárcel hace seis años por su alevosa intentona de dañar la imagen de la
    revolución con su muerte.

    El estupor y la saña de los ataques que se sucedieron en la prensa
    oficial cubana rebasa el simple antagonismo político. Denota además una
    rabia mal controlada hacia un fenómeno que no acaba de entenderse porque
    nunca se entendió: el de personas negras que no estuvieran profunda y
    eternamente agradecidos a los desvelos de la Revolución por convertirlos
    en personas. Como lo atestiguaba el recientemente fallecido Jorge Valls
    en sus recuerdos de su paso por las cárceles cubanas de 1964 a 1984

    “…los negros eran objeto de un trato especialmente malo: ‘tú, negro’
    decía el vigilante, ‘¿cómo pudiste rebelarte contra una revolución que
    está haciendo seres humanos de ustedes?’. Siempre acababan con más
    golpes y pinchazos de bayoneta que los demás”

    Ese racismo revolucionario, paternalista con los que le prestaban una
    obediencia que asumían obligatoria y brutal con los que la rechazaban,
    siempre estuvo ahí. Siempre se basó, como cualquier otra variante de
    racismo, en no reconocer a determinado grupo humano en absoluto pie de
    igualdad sino conceder cualquier trato igualitario como un favor que
    debía ser retribuido con un agradecimiento infinito. Si hoy lo notamos
    más no es por una alteración de la norma por parte de la ahora añeja
    vanguardia revolucionaria. Se trata más bien de que el mundo a su
    alrededor ha cambiado mucho en las casi seis décadas que lleva en el
    poder. Nada como la presencia del primer presidente norteamericano negro
    en La Habana para acentuar el contraste y el absurdo anacronismo que
    representan esos octogenarios con ínfulas de libertadores.

    Escritor cubano. Reside en Nueva York

    Source: Cuba, nota sobre el racismo ‘revolucionario’ | El Nuevo Herald –
    www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article71413742.html

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