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    El cubano

    El cubano
    No es casual que prácticamente casi todos los presidentes cubanos han
    muerto en el exilio y los restos de muchos reposan en el extranjero

    Para F.C.R. en sus 90 (no millas, sino años): “Japi bérdei tu yu…”
    Creo que no se puede hablar en general de los cubanos, sino del cubano,
    así, pero en singular potenciado. Me explico: si existe un rasgo
    evidente y sostenido del carácter insular, es —para bien y para mal— el
    profundo individualismo que llega a la egolatría y se instala,
    triunfante, como egoísmo. Mas debo señalar que resulta —en franca
    paradoja— un egoísmo con matices, y en algunas ocasiones, asombrosamente
    generoso.
    A través de la historia del desdichado país, con una reveladora
    persistencia, ha predominado la nota individualista en el comportamiento
    de sus nacionales. De tal suerte, que una de las frases frecuentes en
    nuestro devenir como nación ha sido, variantes más o menos, “allá
    ellos”. Como si dijéramos, Góngoras caribeños: “Ande yo caliente, y
    ríase la gente…” Los siboneyes y guanajatabeyes, al contemplar el
    valiente suplicio de los taínos, habrán musitado en su lengua, quizá
    arahuaca, “allá ellos”. Cuando les tocó su turno en el desastre, muchos
    optaron por suicidarse (esa otra gran constante ontológica nacional).
    Del “allá ellos”, se pasa luego fácil e inevitablemente al “allá tú”.
    Debe recordarse que el héroe nacional indígena, el cacique Hatuey, fue
    supliciado ante la mirada temerosa o indiferente de sus compatriotas,
    según señalan las crónicas (por supuesto, escritas por los españoles), y
    al menos no hay prueba en sentido contrario. Pero —esto sí es un hecho—
    nadie se metió a sacarlo de la hoguera.
    Un audaz irreflexivo impulsado por buenas intenciones, “El Padre de la
    Patria”, Carlos Manuel de Céspedes, murió solo, perseguido y ciego, en
    una cañada (San Lorenzo, 27 de febrero de 1874). El 10 de octubre de
    1868 había precipitado, urgido por las circunstancias, una sublevación
    en su ingenio “La Demajagua”, prevista para cuatro días después y con
    otros que nunca llegaron. Perdió su primer combate —Yara—, mas ganó el
    segundo —Bayamo—, aunque terminó incendiando la ciudad, pero al menos le
    dio tiempo para encargar una bandera y un himno. Después, los otros
    fueron combates más entre sus compañeros que con el enemigo: le ganaron
    ambos. Primero lo destituyeron y lo alejaron, pero no lo bastante como
    para concederle el pasaporte (fue el primero en la Cuba independiente al
    que le negaron el “permiso de salida”), y los otros, sus enemigos
    declarados (los anteriores se decían sus “amigos”) lo sorprendieron y
    asesinaron. Hay quien dice que lo “denunciaron” sus propios amigos.[1]
    En esto, también fue un pionero en Cuba, inaugurando una antigua
    tradición que llega hasta el presente: el amigo delator. Pocos días
    antes de ser, no capturado, sino cazado (12 de enero de 1874), en su
    Diario perdido[2] y luego recobrado, había descargado toda su
    frustración: “Para mí, ni un día de sol…”
    “El Apóstol” José Martí, también solo (o casi, si no contamos al inepto
    y bello custodio ángel que le servía de guardia, llamado —irónica
    originalidad suprema— Ángel Custodio de la Guardia Bello), desesperado
    con sus atrabiliarios compatriotas[3], montó sobre un caballo blanco,
    vestido de negro, en un candente mediodía manigüero, y con un diminuto
    revólver, partió al galope para buscar la Parca y el alivio de su
    abrazo, pero no se le concedió, según quería y había pedido, “morir de
    cara al sol” (Potrero de Dos Ríos, 19 de Mayo de 1895) pues ese día
    estaba nublado y llovía, aunque advirtiendo antes, como clara despedida
    suicida, “para mí, ya es hora” (18 de Mayo de 1895).
    En ambos para mí —el de Céspedes y el de Martí— está la declaración del
    cierre de un ciclo, una esperanza cancelada, el entusiasmo perdido, un
    manifiesto final: “hasta aquí llegué”.
    Otro signo terrible comparten ambos mártires; tanto Céspedes como Martí
    fueron matados por cubanos: Brígido Verdecia, al primero; Antonio Oliva,
    al segundo. Tierra de Caínes, diría Unamuno.
    Y fue tanta la vergüenza dejada por Martí en todos, que con conciencia
    cómplice prefirieron olvidarlo un tiempo, y así fue convenientemente
    obviado durante varios años, hasta que alrededor de 1915 —20 años
    después de su inmolación— los más sagaces y visionarios comenzaron a
    fabricar su culto, y levantarle estatuas por doquier, procurando cada
    quien atraerlo como alabardero para sus muy diversas y contradictorias
    causas. Pero “en vida, hermano, en vida”, como decía el seráfico San
    Francisco, nananina Jabón Candado: hasta lo acusaron de “pelúo” (“Al
    buen Pedro”), y en los corrillos maledicentes y en vetustos diccionarios
    se referían a él como “Pepe Ginebrita”. Algo muy parecido ocurrió con
    Céspedes, pero al menos este tuvo más descendientes que vivieron de su
    cauda, desde los hijos, hasta la nieta y el beatífico tataranieto.
    Sería interesante realizar algún día una comparación entre las viudas de
    ambos: Carmen Zayas Bazán e Hidalgo (Puerto Príncipe, 24 de Mayo de 1953
    – La Habana, 15 de Enero de 1928) y Ana de Quesada (Puerto Príncipe, 14
    de Febrero de 1843 – París, 22 de Diciembre de 1910). Las dos eran
    camagüeyanas de buenas familias, y vivieron 74 y 67 años
    respectivamente. Sobrevivieron a sus maridos inmolados 33 y 36 años: son
    muchos días de luto por tan pocos de felicidad. Las dos sufrieron
    grandes privaciones ocasionadas por las ideas de sus esposos, criaron a
    sus hijos y salieron adelante sin ayuda de los compañeros de lucha de
    sus cónyuges. Solo de sus familiares —algunos— recibieron cierto apoyo.
    Sin embargo, ambas fueron criticadas en su momento por no ser lo
    suficientemente abnegadas con sus maridos: nunca faltan los que opinan,
    desde afuera.
    Y es que —otro vicio insular— nos duele la grandeza en los demás.
    “Tristeza del bien ajeno”, llamaba El Aquinita a La Envidia, el peor de
    todos los pecados capitales, pues también es el único que no produce
    placer al pecador, sino todo lo contrario. Es una “esperanza negativa”
    (por eso comparten el emblemático color verde), y como sintetizó el gran
    filósofo cubano Félix B. Caignet, “la envidia es admiración con rabia”:
    cuántos admirativos rabiosos pululan en la triste historia del país.
    Tampoco es casual que prácticamente casi todos los presidentes cubanos
    han muerto en el exilio y los restos de muchos reposan en el extranjero,
    quizá —entre los más recientes— con la excepción de Ramón Grau San
    Martín, autor, entre otras humoradas, de una frase lapidaria: “La
    cubanidad es amor”. Viejo camaján que, para su protección, hasta el
    último momento conservó a buen recaudo su comprometedor archivo
    particular, pues fue lo primero que exigió le entregaran la poderosa
    Celia Sánchez cuando se personó en “La Choza”, apenas le dijeron que
    había muerto el vaselinoso “Mongo”, urgida por ponerlo lejos de miradas
    indiscretas en la “Oficina de Asuntos Históricos”, bajo el delicado
    cuidado del pintoresco “Capitán Pacheco”.
    Quizá esta mentalidad proviene, por tratar de buscarle alguna
    explicación y en el fondo hasta razón justificativa, del origen mismo de
    la población insular: extinguidos —o casi— los aborígenes, todos los que
    hoy están y son, descienden de aquellos que “vinieron de fuera” (¡ah,
    “afuera”, ese otro gran concepto marítimo, nacional y ontológico!), y
    unos de grado y otros por fuerza, se juntaron para sobrevivir en una
    isla que semeja una alargada piragua, o una tambaleante canoa en medio
    del mar: pues eso son, sobrevivientes. Reveladoramente, no existe en el
    mundo católico una advocación de la Virgen María donde aparezca un
    objeto como un bote (preludio de la balsa), salvo en la de la Caridad
    del Cobre: ¿karma o fatum?
    El sentimiento microlocalista (“cree el aldeano vanidoso que el mundo
    entero es su aldea”), está presente en cada psique cubana, ya sea por su
    fuente hispana o africana. No hay un sentido de nación colectiva como
    destino compartido, ni un sueño de todos para el mejoramiento del
    conjunto social: el horizonte llega hasta la bodega de la esquina. El
    barrio es la patria.
    Y eso nos ha incrustado esta mentalidad que defino, por ponerle un
    nombre, como el “síndrome del náufrago”: prevalecer a cualquier precio
    en cualquier circunstancia. Ello explica, contra toda lógica, cálculo y
    estadística, no solo la sobrevivencia de 11 millones de cubanos en la
    Isla, sino el empuje arrollador de casi tres millones en el destierro,
    donde llegaron “con una mano delante y la otra detrás”. El triunfo
    innegable, y para algunos en ocasiones hasta insultante, de los cubanos
    en el exilio, ha sido en verdad (salvo excepciones) obra no del apoyo
    comunal, sino de un invencible y feroz deseo individual por triunfar y
    voluntad para sobresalir, y así, por contraste de los que están a la
    zaga, sentirse realizado: a cualquier precio. Como diciéndole a todos
    los que quedaron atrás: “Para que vean lo que se perdieron conmigo”.
    Argentinos del Caribe, pues. Judíos de las Antillas, definitivamente. A
    falta de poncho, guayabera, y en lugar de kipá, sombrero de yarey.
    “Indios con levita”, nos escupió ofendida —según afirmaron— Sarah
    Bernhardt, mientras rengueaba haciendo mutis por el foro.
    José Martí en su momento, y Agustín Tamargo después, reseñaron la
    abundancia de cubanos exitosos por los cuatro puntos de la más amplia
    geografía terrestre… pero puede advertirse que ninguno de esos
    triunfadores consagrados hizo una obra colectiva, ninguno aglutinó su
    origen con un propósito superior masivo, aunque algunos después hayan
    sido generosos derramando sus dones sobre sus compatriotas. No menciono
    nombres, pero estos flotan en el imaginario colectivo.
    El cubano, náufrago como Robinson Crusoe, se adapta a lo que sea, por
    muy adverso que resulte. Y sale adelante, “resolviendo”, “sobreviviendo”
    … Y logra vencer, de preferencia y si se deja, a costa de algún
    “Viernes”, solícito y obediente. “No es fácil”, es el colofón metafísico
    de toda la situación, que ya alcanzó consagración universal en boca de
    un mediático presidente yanqui: ¿qué más se puede pedir? Y para memoria
    ejemplar de sus “naufragios” y su prolongada Odisea, emulando al pionero
    Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el cubano ha levantado hasta un Museo a los
    Balseros en su pujante capital continental, no insular; por supuesto,
    Miami. Hay que acotar por cierto que los cubanos, aunque están
    conscientes de su insularidad (“esa maldita condición del agua por todas
    partes”, de la que se quejó Virgilio —el nuestro, no el romano ni en La
    Eneida— en “La Isla”), no se asumen como hijos de las islas: por eso a
    los canarios les dicen “isleños”, pues todos saben —o deben saberlo— que
    Cuba es continente. La isla con la que se tropezó Colón era llamada
    Cubanacán, “tierra grande o centro del mundo”, como dicen algunos que
    significa en lengua arahuaca.
    El cubano, que ha sido capaz de mostrar pruebas contundentes y
    conmovedoras de solidaridad individual con un profundo sentido atávico,
    y de heroico sacrificio ancestral y ancilar hacia la familia y los
    amigos (la gens), en cambio, fracasa con asombrosa persistencia cuando
    se trata de proyectar y articular esa voluntad a nivel social. Es la
    apoteosis de la aldea. “Que se joda el otro”, dicen en términos nada
    bajtinianos o todorovescos. Cuando alguien tiene el estallido suicida de
    mostrar una postura valiente y digna (no digo viril, porque aunque
    proviene de virtus, se asume más generalmente como cualidad máscula, y
    en cambio, por contraste ejemplar, las mujeres cubanas han dado mil
    pruebas más, aún hoy, de valentía, dignidad y arrojo, que nosotros los
    apocados machitos isleños, con excepciones, claro, pero muy contaditas),
    el comentario lapidario que juzga, define y pone fin a cualquier
    actitud, es “se quemó”, o “se tostó”: es decir, es suicida o loco. Y
    viene nuevamente el inevitable y lapidario: “Allá él (o ellos)”. La masa
    irredenta y apacible de dulces Eloi sigue obedeciendo mansamente la
    señal imperiosa de los rudos Morlocks, camino al matadero. O a la Plaza,
    que “no es lo mismo, pero es igual”.
    Claro que “no era arisca la mula…”, pero tratándose de Cuba resulta
    siempre esa contención insolidaria, egocéntrica, miope y cautelosa, que
    me recuerda aquel escarmentado Licenciado Vidriera, de Cervantes:
    “¡Guarda, que es podenco!” Y seguir adelante.
    Dos grandes poetas cubanos, fueron también víctimas de esta psicología:
    José María Heredia y José Martí. Y, en desagravio o como broma suprema,
    hoy son símbolos insignes elevados a los altares patrióticos.
    Al primero, involucrado sin querer —por confesión propia— en una
    conspiración que no era la suya, lo empujan al martirio y al exilio, y
    le convierten, a su pesar, pero cómodamente para los otros, en el
    símbolo de una lucha. Por supuesto, algunos se enaltecieron (ajenamente)
    con su sacrificio, pero el que andaba en el exilio, padeciendo fríos,
    carencias (incluidas las gastronómicas, como se queja de su hambre de
    patria en postrera carta a la madre: “el ajiaquito, el ñame y el
    quimbombó…”) y ataques xenófobos, era él, no los otros. El muy
    inescrupuloso (y medio envidiosillo) Domingo Delmonte —casado con una de
    las mujeres más ricas de Cuba— viviendo como un pachá en la mansión
    palaciega de su suegro, y más tarde confortable residente del Madrid
    imperial, lo llama con desdén “ángel caído…”, y le vuelve la espalda,
    olímpicamente: “Allá él”, habrá pensado el muy granuja. “¿Quién lo
    mandó?” Y prosiguió silbando alegre y despreocupadamente por la Plaza
    Mayor, jugando con su bastón de caña de indias.
    Martí, más tarde, y sin aprender de la lección herediana y tomándolo
    como ejemplo, cae en igual trampa: de muchacho lo implican en un enredo
    escolar de muchachitos alebrestados —no otra cosa fue, si lo vemos con
    mesura, la famosa “carta al apóstata”— y lo mandan a picar piedras en
    las canteras de San Lázaro. ¿Alguien, más allá de su familia, fue a
    llevarle un costal (versión de la jabita de la época) a su prisión?
    ¿Hubo alguno, que no fuera su integrista y españolísimo padre, quien
    hiciera gestiones para aliviar su martirio y trasladarlo a la finca de
    “El Abra”, y más tarde lograr enviarlo a un exilio, al cual llamaríamos
    hoy “de terciopelo”, para estudiar en la España que repudiaba, quizá con
    una beca del mismo Gobierno español, con lo cual se explicaría cómo pagó
    —¡Santo Dios! ¡Financiado por el enemigo! ¡Martí, el prístino, agente
    del imperialismo español! ¡Anatema, anatema!— sus costosos estudios en
    las Universidades de Madrid y Zaragoza. Ese gesto infantil, como de
    adolescencia fue el de Heredia, lo lanzó por una pendiente que
    absorbería y controlaría el resto de su vida. Infancia es destino, se dice.
    Es muy significativo que muchos exégetas martianos no hayan sentido al
    menos la curiosidad de saber cómo pudo sostenerse para realizar sus
    estudios en España, pues la ayuda ocasional que pudieron prestarle los
    Valdés Domínguez (Fermín y su padre), en Valencia, y su propio padre Don
    Mariano desde Cuba, resultaría absolutamente insuficiente. A menos que
    el Estado español, el mismo al que había atacado, lo exentara del pago
    de las matrículas, es decir, le hubiera concedido una beca: una beca a
    un reo político.
    Carlos Manuel de Céspedes, obligado por las circunstancias y los
    imponderables, tuvo que anticiparse y dar un grito que primero se oyó,
    si acaso, en los límites de la finca “La Demajagua”. Poco tiempo
    después, perseguido como una fiera, corriendo medio ciego, dando tumbos
    entre “la manigua redentora”, vía crucis enyerbado, calvario tropical,
    gólgota con palmeras, abandonado por todos, hasta de su propia escolta,
    se lanzó por un precipicio (metáfora perfecta) antes que entregarse a
    sus enemigos. ¿Y qué pasó después? Nada. Al final todo quedó en el
    “Pacto del Zanjón” y en la absurda y personalista “Protesta de Baragüá”.
    La vida continuó. Hasta se negaron a devolverle a la viuda su Diario,
    porque algunos próceres cubanos lo consideraron “un legítimo botín de
    guerra”.
    Si como “ángel caído” vituperaron a Heredia, a Martí no le fue mejor: el
    famoso y después convenientemente ocultado sobrenombre de “Pepe
    Ginebrita”, que ya cité antes, debo agregar no le fue endilgado por sus
    contrincantes españoles, sino por sus amados compatriotas, quienes le
    criticaban hasta cuando por carecer de medios para pagar un barbero, el
    poco pelo que tenía se le acumulaba en la nuca (“Al buen Pedro”, de
    nuevo): ¿habrá sido la premonición de un hippie? Ramón Roa y Enrique
    Collazo lo vituperaron como loco irresponsable (“Jesús inútil”, le dijo
    el primero), y tuvo hasta que retarlos a duelo —era, definitivamente, un
    romántico— que por supuesto nunca le aceptaron. Sin embargo, uno de los
    pocos que se acercó después a su viuda para ayudarla, fue el noble Collazo.
    Una vez convenientemente muertos, ya bien quietecitos, se les levantaron
    espléndidos mausoleos, no solo a ellos sino a todos los demás. Pero “en
    vida, hermano, en vida”, como aconsejaba San Francisco de Asís, muy
    pocos les tendieron las manos, aunque sí estuvieron dispuestos muchos a
    ejercer regocijadamente la pronta, fácil y comodísima descalificación:
    “el choteo” criollo, lo llamó el indagador Jorge Mañach, esa actitud
    antiépica característica de los relajientos cubanos. El choteo, como
    actitud ontológica, tiene su manifestación sonora en la trompetilla.
    Burlarse es la mejor y más cómoda forma de no comprometerse. “Defiéndete
    tú, y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda”, dice una programática
    canción salsera que hizo época en Cuba con Óscar D’León.
    Los dos únicos personajes en toda nuestra historia que han logrado más o
    menos medio juntar a los cubanos, aunque sea fugaz y efímeramente,
    fueron José Martí… y Fidel Castro, aunque con sentidos contrarios. El
    primero murió para ser un símbolo con plena conciencia de ello, y el
    segundo, viviendo o sobreviviendo, aferrado desesperadamente no solo a
    la vida sino a “su idea”, como un implacable y terrible Capitán Ahab del
    Caribe, se ha convertido también en otro referente emblemático, no solo
    insular sino continental y hasta mundial, aunque nos repugne aceptarlo,
    sobre la ruina, la miseria y las espaldas de sus compatriotas. Esto le
    ha permitido arribar a sus 90 años de vida sin un rasguño y ni un ligero
    roce en su delicada piel, aclamado todavía como un héroe por muchos.
    Sin dudas, Fidel Castro, gran lector de José Martí, aprendió mucho del
    Apóstol y de su calvario, y procuró galaicamente ladino (en la primera
    acepción del DRAE) que nunca se repitiera en él el martirio de su
    modelo. Así, no dejó cabo suelto para asegurarse, sobre la sumisión
    total o la supresión definitiva de sus antiguos aliados y colaboradores,
    edificar un sólido trono —por lo visto, hereditario— en esta monarquía
    insular (tan pésimamente desorganizada, por cierto, reyezuelos del
    cuarto mundo), donde no pudiera ser alcanzado nunca por los colmillos
    afilados de sus contrincantes. ¿No se nos dijo que “la patria es ara y
    no pedestal”? En gran parte de esa generación suya, en el fondo, muchos
    querían lo mismo, pero él les ganó la partida. Los fastidió antes que lo
    fastidiaran: a joderse. “Yo, pa’alante. Y tú, arréglatelas como puedas”.
    Se protegió para que como dijera el gran Pericles sobre los atenienses
    levantiscos e ingratos, nunca se “cansaran de recibir bienes siempre de
    la misma mano”.
    Si alguien de veras quiere asomarse a la psicología de este nonagenario,
    puede remitirse a un clásico que como fue escrito mucho antes que él
    apareciera en la escena política, indica objetividad e imparcialidad: El
    Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar (1936), del doctor Gregorio
    Marañón, autor de una extraordinaria contemporaneidad al que debemos
    acudir nuevamente, así como a su contemporáneo José Ortega y Gasset,
    para tratar de entender algo de esta compleja actualidad nuestra que hoy
    padecemos con perplejidad y desconcierto. En ese libro fundamental están
    las claves para penetrar en la compleja personalidad del sujeto
    mencionado. Los seres históricos, aún los más monstruosos y perniciosos,
    muestran indicios del origen de sus pasiones en fecha muy tempranas: si
    el presidente Roosevelt le hubiera enviado aquellos “ten dollars bill
    green american” que le solicitó el muchacho de 14 años Fidel Castro Ruz,
    a cambio de revelarle los depósitos de hierro que atesoraba Cuba, quizá
    no hubiéramos tenido que padecer esta tan dilatada y cruenta pesadilla
    de 60 años: hubiera resultado extraordinariamente barato.
    “Gallegos por el trabajo y judíos por la voluntad de sobrevivir”,
    Agustín Tamargo retrató a los cubanos magistralmente. Pues, ¿hay en el
    mundo un pueblo más individualista que los gallegos y los judíos? Sí, la
    suma potenciada de ellos: los cubanos. En su larguísimo éxodo llevan
    implantada a nivel cromosómico la morriña indeleble, a pesar de las
    exteriores y engañosas risas y bailes. Nunca acepto la imagen, no solo
    fácil sino cómplice, del cubano como “un tipo alegre y bailador, gozoso
    de la vida”. Por ejemplo, la amplia y antigua relación de los suicidios
    en la Isla y fuera de ella que reseñaran Portell Vilá[4] y Cabrera
    Infante[5], prueban exactamente lo contrario. Somos un pueblo que ha
    sostenido a través de su historia una marcada y casi patológica
    tendencia a la autodestructividad: qué bueno que Erich Fromm no pasó por
    Cuba.
    Los himnos nacionales, cantos de exterminio y de guerra en definitiva
    por regla general, pueden revelar, si los ponderamos cuidadosamente,
    algunos rincones recónditos del alma de los pueblos que los entonan: si
    La Marsellesa convoca anfictiónicamente a avanzar “los hijos de la
    patria para la llegada del día de la gloria”, y los estadunidenses en
    The Star Spangled Banner declaran que defenderán sin excepción “la
    tierra de los libres y el hogar de los valientes” “contra el torpe
    invasor”, y en el Himno Nacional mexicano, se convoca que todos los
    “mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón”,
    advertiremos que estos son cantos incluyentes y totalizadores. En
    cambio, el Himno Nacional cubano empieza (después de unos gráciles
    compases copiados de Las bodas de Fígaro, de Mozart) por descargar en
    otros la responsabilidad del empeño: “Al combate, corred, bayameses, que
    la Patria os contempla orgullosa”… Con su deliciosa sorna el propio
    Nicolás Guillén, camagüeyano medular a fin de cuentas, acotó
    irónicamente al glosarlo: “¿Y por qué no, corramos?” ¿Qué se puede
    esperar entonces de los cubanos con ese himno?
    “Guán, tu, tri, cojan puesto”, se declaraba en los juegos infantiles que
    preparaban a los futuros ciudadanos. “¡Manigüiti!” era la voz al mismo
    tiempo admonitoria y exculpatoria, que al solo pronunciarla absolvía
    instantáneamente el flagrante delito del robo de las postalitas o las
    bolas (canicas). Desde antigua fecha la declaración “quítate tú,
    pa’ponerme yo”, era parte de la práctica lúdica infantil y tardíamente
    adolescente… Eso preparó (deformó, envileció), a los futuros ciudadanos.
    Porque lo que todos padecemos hoy en Cuba, es un gran manigüiti de la
    Historia.
    Hoy, el sacrificio cotidiano de las Damas de Blanco, o el martirio
    silenciado de los presos en huelga de hambre, o el asedio brutal de las
    casas opositoras apedreadas por las turbas no solo dóciles sino
    alegremente manipuladas, o la cruel depredación de las bibliotecas
    independientes, dan una imagen real y terrible de un país que perdió su
    rumbo y equivocó su destino, sin remedio ni redención posible: nos
    esperan cien años más, no de soledad, sino de orfandad. “Nadie
    escuchaba”… Ni escuchará.
    Nunca el envilecimiento alcanzó en Cuba las cotas de hoy, cuando se
    contemplan con tristeza, espanto e indignación a los niños —aquella
    “esperanza del mundo” que dijo Martí— llevados por sus maestros con la
    aquiescencia cómplice de sus padres, a los aquelarres oficiales para
    rasgar la “Declaración de los Derechos Humanos”, exhibiendo sonrisas de
    una precoz crueldad impropia en sus rostros infantiles: ¡pobre Cuba! Su
    esperanza está muerta. Aterra ver algo así: una perversa combinación de
    El señor de las moscas de William Golding, con el 1984 de George Orwell.
    Si “la cubanidad es amor”, según decía Grau San Martín, mientras
    cínicamente acariciaba las nalgas de su cuñada, Paulina “La del Bidet”,
    qué lejos, como de otra galaxia “muy, muy lejana”, quedó esta frase… Si
    un ingrediente no tiene hoy esa explosiva mezcla que resulta en el
    complejísimo compuesto “cubano” es, precisa y tristemente, amor.
    “País de café con leche y chicharrón de viento”, dicen que sentenciaba
    el culto y diestro espadachín florentino Orestes Ferrara al hablar de
    Cuba (por la que se jugó la vida, ciertamente, más que muchos cubanos de
    nacimiento).
    “La Isla de corcho”, la bautizaron otros, pues apenas flotaba, pero
    nunca se hundía, a pesar de tanta ignominia acumulada como gruesa costra
    en sus casi 111.000 kilómetros cuadrados.
    El cubano, avestruz del trópico, retrató tempranamente el inolvidable
    Enrique Gay-Calbó, la bondad y la dignidad hecha cuerpo.
    Y el primero de todos, desde los aurorales albores del siglo XVI, el
    maestro mestizo cubano Miguel Velázquez, quien profetizó (o maldijo):
    “Triste tierra, como tiranizada y de señorío”. Lo tenemos en los genes.
    Sobre Cuba, no han faltado diagnósticos; prognosis tampoco; terapias,
    muchas se han propuesto… pero de nada han valido: seguimos siendo unos
    agallegados judíos del Caribe, esos trashumantes exitosos, calzados con
    alpargatas y tocados con kipás de yarey… Y siempre con esa isla a
    cuestas donde quiera que vayamos, como un bacalao inmenso y apestoso,
    émulos a nuestro pesar del emulsionado Dr. Scott.
    No tenemos remedio y quisiera con todas mis fuerzas estar errado.
    Celebraría gozosamente mi yerro a la vista de pruebas en sentido
    opuesto. Recuerdo siempre a Óscar Wilde, quien decía sabiamente: “Un
    pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado”. Convénzame
    con hechos de lo contrario. Estoy muy dispuesto a rectificar. Mas,
    mientras espero paciente y esperanzadamente, sonrío y pienso: por ser
    como somos, estamos como estamos. Y aún peor, como así seguiremos
    siendo, así estaremos.
    Ojalá me equivoque. Pero no lo creo.
    Quizás, después de tanto martirio y tantas inmolaciones, de esta noche
    tan dilatada, el sacrificio de nuestros próceres mayores nos permita
    vincular para nosotros sus últimas palabras, de tal manera que cada
    cubano, esté donde esté, pueda decir: “Para mí, ya es hora de un día de
    sol”.

    [1] Así lo insinúa con sibilina unción su tataranieto, el tonsurado de
    igual nombre, quien sugiere fue el propio Marqués de Santa Lucía,
    Salvador Cisneros Betancourt, el que lo chivateó. Véase su comentario al
    Diario perdido en Palabra Nueva, Nº 6, Octubre de 1992. La cita completa
    de la frase es: “En cuanto a mí, soy una sombra que vaga pesarosa en las
    tinieblas. Para mí, ni un día de sol!”
    [2] Carlos Manuel de Céspedes, El Diario perdido. Edición: Eusebio Leal
    Spengler y colaboradores. Prólogo: Hortensia Pichardo. La Habana,
    Editorial de Ciencias Sociales, 1992. Impreso en Colombia. Como al
    Diario de Campaña de José Martí, a este Diario de Céspedes, también la
    faltan páginas: las correspondientes a los días 23 y 24 de noviembre de
    1873…
    [3] Por demasiado conocida, no comento la famosa entrevista de “La
    Mejorana” y lo que allí aconteció, así como la pérdida (¿sustracción,
    “edición patriótica”?) de las páginas de su Diario donde se supone la
    consignaba con detalle.
    [4] Herminio Portell Vilá, “Tesis sobre el suicidio en la historia
    política de Cuba”, Bohemia, La Habana, Año 51, Nº 5, 1 de Febrero de
    1959, pp. 69 y 112-114.
    [5] Guillermo Cabrera Infante, “Entre la Historia y la Nada: notas sobre
    una ideología del suicidio”, Vuelta Nº 74 (1983): 11-22 y “Más sobre el
    suicidio en Cuba”, Vuelta Nº 79 (1983): 50-51.

    Source: El cubano – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-cubano-326298

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