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    El «ninguneo» de los cubanos

    El «ninguneo» de los cubanos
    La historia oficial cubana reciente es una nutrida sucesión de nombres y
    obras canceladas, suprimidas, borradas o alteradas, en un sobrecogedor
    ejercicio orwelliano
    Alejandro González Acosta, Ciudad de México | 30/01/2017 10:52 am

    Una de las formas más sofisticadas, pero igualmente dañina, del
    asesinato de la reputación[1], es el nefasto ninguneo que ejerce como
    práctica habitual la oficialidad política y cultural cubana. La huella
    hispanoamericana más antigua que he podido rastrear de este término, se
    encuentra en el cualquereo de finales del siglo XVIII, el cual ya se
    registra en La Quijotita y su prima (1818), del mexicano José Joaquín
    Fernández de Lizardi (1776-1827).
    Cuando Albert Einstein dio a conocer sus revolucionarias teorías, el
    Gobierno nazi se sintió obligado a promover que, muy presionados, 100
    científicos alemanes rebatieran y descalificaran las mismas, pues no
    podía consentir que un “gusano judío” estuviera por delante de las
    mentes más selectas de la Alemania aria. Cuando le preguntaron sobre
    este asunto a Einstein, este respondió: “¿Y por qué 100? Con UNO que
    hubiera demostrado que estoy equivocado sería suficiente…”. Esta
    anécdota debía ser tomada muy en cuenta por los folicularios cubanos que
    prestan su pluma para las descalificaciones a sus colegas del exilio,
    pues operan en pandilla, como los guapitos del barrio: se les debe
    perdonar, pues se sabe que actúan aconsejados “por el compañero que los
    atiende”.
    En Cuba, durante todos estos casi 60 años, la manipulación de la
    academia, la ciencia, la tecnología, la historia, la literatura, y el
    arte, ha sido parte de una política sistemática, y debe reconocerse que
    ha resultado muchas veces perversamente exitosa. Por supuesto, la
    poderosa fuerza de un Estado y todas sus instituciones, organizada y
    concentrada en destruir prestigios y obras, ha sido contundente, aliada
    además con oscuros y mezquinos intereses externos.
    La historia oficial cubana reciente es una nutrida sucesión de nombres y
    obras canceladas, suprimidas, borradas o alteradas, en un sobrecogedor
    ejercicio orwelliano, tan asombroso como monstruoso.
    En realidad, precisando algunos términos necesarios, lo perfectamente
    contrario del amor no es el odio, sino el desdén, la indiferencia. Y eso
    lo aplica muy bien el aparato oficial cubano, lo mismo para los que
    escapamos que para los que aún permanecen con admirable tozudez en la
    Isla. “Quien bien te quiere, te hará llorar”, parecen decir. En
    correspondencia con esto, “Golpéame, pero no me dejes”, dice a su esposo
    maltratador la mujer patológicamente dependiente. “Si me golpea es
    porque me quiere”, declara el (o la) masoquista. Tal parece que estas
    actuaciones explican (no justifican) que en Cuba subsista y se mantenga
    una curiosa combinación del “síndrome de Estocolmo” con el de la “mujer
    golpeada”. En ambos casos, son rehenes de una forma de pensamiento
    sustancialmente esclava y supeditada. Ningún ser que se sienta
    intrínseca y auténticamente libre y ejerza con plenitud su libertad, es
    capaz de soportar semejante atropello, no importa el precio que tenga
    que pagar.
    Los que no abandonan —ella nos persigue— sino se desprenden de la Isla
    como de una dolorosa llaga, enfrentan retos y peligros que nunca han
    sido valorados adecuadamente ni reconocidos. Buscar un nuevo sitio bajo
    el sol en otros cielos, abrirse paso en sociedades ajenas y en ocasiones
    muy extrañas (con el agravante a veces de no conocer el nuevo idioma),
    acostumbrarse a otros modos y usos, integrarse en una realidad distinta,
    demostrar su capacidad y suficiencia sin los apoyos naturales como la
    familia, los amigos y el “público natural”, y muchas adversidades y
    contrariedades semejantes, pavimentan de agudos guijarros el camino del
    migrante, aunque después vea coronado su esfuerzo, tesón y talento con
    el triunfo.
    Eliseo Alberto, el cubano que creo quizá con mayor intensidad ha
    reflexionado y escrito sobre la nostalgia y la melancolía —nadie mejor
    que él, nostálgico y melancólico medular y hereditario— decía con
    dolorosa sensatez que ningún exiliado puede regresar a su origen, y esto
    es muy cierto: nadie que sale bajo presión —o es expulsado, o inducido a
    escapar— de un grupo social históricamente determinado, puede
    reinsertarse de nuevo en él con plenitud, porque tanto los que salen
    como los que quedan, siguen viviendo sus propias vidas, evolucionando y
    cambiando, por caminos y experiencias diferentes; no es uno sólo quien
    se aleja: son ambos los que amplían la distancia desde el punto mismo de
    la separación. Ya no se comparten nuevas vivencias al mismo tiempo. Los
    horizontes de los actuantes no sólo se han dividido, sino divergen
    progresivamente. Así como en el río de Heráclito el agua nunca es la
    misma, en el río de la vida, las gotas de los exiliados nunca son
    iguales, aunque en apariencia sea en la misma corriente. Es duro, pero
    es así: el regreso es imposible. Y quizá sea ese, precisamente, el peor
    crimen del cruel sistema. Y nunca alcanzarán todas las vidas de sus
    responsables para compensar las que han alterado, afectado o,
    sencillamente, destruido. Para ellos, su deuda sí es impagable.
    Aunque si aceptamos como regla general que la cultura y la literatura
    más valiosas y trascendentes son aquellas que resultan hijas del
    conflicto, sin dudas las cubanas desde mediados del siglo XX hasta ahora
    serán unas de las más apreciadas en el futuro, porque es un escenario
    donde —de ambos lados— se ha conflictuado extraordinariamente a los
    torturados creadores. Pero irrita que este conflicto sea ignorado
    olímpicamente por el resto del mundo, que acepta y aplaude la imagen
    facilona del cubano siempre alegre, despreocupado y bailador, un
    “gozador de la vida”, o se le rechaza por ser precisamente lo contrario,
    un amargado resentido, un “neurótico”. Y a quienes han sido sufrido más,
    se les borra sin piedad ni remordimiento por las “buenas conciencias”.
    La historia intelectual cubana que se escriba en el futuro estará
    repleta de muchas de estas historias tétricas.
    Y la gran mayoría de la opinión mundial no se altera ni se agita ante
    una situación tan dramática y dolorosa: no sólo se acepta como algo
    inevitable y hasta admisible, sino que se le niega: se le ningunea.
    Hay un concepto ético-moral que es cada día más exótico en los
    razonamientos y argumentaciones actuales: la compasión. Esa cualidad, en
    efecto más cercana a la religiosidad y la moral que a la sociología,
    aparece muy raramente en las declaraciones de los políticos, los
    economistas y los intelectuales. Resulta demodé, superada, cursi,
    inoperante, ajena, ociosa… Ha devenido un término casi radicalmente
    suprimido, como un viejo traste inservible. Sin embargo, cuánto
    adelantaría la Humanidad si cada uno se hiciera cargo responsablemente
    de su cuota individual de compasión: compasión para los demás, pero
    primero hacia uno mismo.
    La compasión es una virtud emocional e íntima, opuesta a la
    racionalización y a la ortodoxia ideológica. El ser auténticamente
    compasivo —ajeno a toda religiosidad, o más allá de ella— empieza por no
    creer que la posible solución (al menos, sólo el alivio) de los males,
    consiste en la aplicación severa e inflexible de un pensamiento, que
    quizá puede resultar lógicamente impecable. La compasión es levemente
    dispar de la razón: su fuente está en el corazón, no en la mente. Es un
    sentimiento, no una idea. Y la compasión arranca de uno mismo: si el
    sujeto no es capaz de entenderse —aunque no lo consiga— o de aceptarse,
    tampoco puede entregar, ofrecer u obsequiar ese sentimiento a los demás.
    La virtud empieza por la propia casa.
    El ninguneo ejercido como política oficial del gobierno dictatorial en
    Cuba contra sus ciudadanos, se trenza con el ninguneo de los individuos
    y gobiernos cómplices del exterior. Ambos brazos forman la poderosa
    pinza donde se estrangula el clamor de un pueblo oprimido hace 60 años.
    El ignorado martirio de los demócratas cubanos ha sido una constante
    desde mediados del siglo pasado hasta hoy. Ese silencio culpable es tan
    perfecto y consistente con este sistema, que cuando se menciona el
    concepto de la huelga de hambre, se piensa de inmediato en Mahatma
    Gandhi y no en Pedro Luis Boitel: Gandhi realizó 17 ayunos (no huelgas)
    que implicaban reducir los alimentos, pero le permitían beber líquidos,
    de entre 24, 21 y 60 días. Boitel realizó sólo una y mortal huelga de
    hambre, enfrentando cuatro factores muchos más peligrosos que la
    desnutrición y la muerte por inanición: 1. La indiferencia total del
    Gobierno cubano. 2. La pasividad (en gran parte por ignorancia) cómplice
    del pueblo cubano ante su martirio. 3. Los ataques de los calumniadores
    que negaron la realidad de su huelga. 4. La burla de quienes, a pesar de
    su sacrificio, lo injuriaron como falsario.
    Cuando Gandhi emprendía alguno de sus “ayunos”, todo el extenso y
    populoso país (en realidad un subcontinente) se paralizaba, pendiente de
    su desarrollo, y el mundo seguía atento el asunto (a pesar de los
    precarios medios de comunicación por esos años), y hasta Inglaterra, un
    país que se responsabilizaba de su legado civilizatorio, expresaba
    preocupación por el conflicto y movía sus peones para remediarlo. El
    chicano César Chávez hizo sólo una huelga de hambre, de 25 días, y logró
    mover un muro forjado con oídos sordos y manos secas y cerradas. Pero
    ambos, el hindú y el chicano, lidiaron con gobiernos civilizados de
    constitución democrática. Nada de eso ocurrió con Orlando Zapata ni con
    Boitel: estos dos murieron cercados por la apatía general, en desigual
    lucha contra un gobierno cruel e indiferente.
    Cuando se habla de la prisión política, al imaginario colectivo mundial
    acude de inmediato la figura de Nelson Mandela, quien cumplió 27 años en
    prisión, por un delito que en su momento fue juzgado y calificado como
    real y punible, por un tribunal donde hubo jueces independientes y
    abogados de la defensa y garantías, con los procedimientos consagrados
    por la legislación de Sudáfrica, que representaba un estado de derecho
    inspirado en el secular sistema jurídico inglés. Si uno busca un poco,
    verá que Mandela, para muchos, es quien detenta el dudoso privilegio de
    ser el preso político más antiguo del mundo. Pero esto es falso. El
    hombre contemporáneo que permaneció más tiempo en una prisión por
    razones políticas, desprovisto de toda consideración, ha sido, también,
    un cubano: Mario Chanes de Armas (1927-2007), y no por un delito de
    acción o comisión, sino de opinión: haberse declarado demócrata y
    adversario de la tiranía comunista castrista. Cumplió íntegramente 30
    años de cárcel, y en unas condiciones muchos peores y terribles que las
    que tuvo el luchador sudafricano. Pero ni una campaña de denuncia a su
    favor alcanzó clamor mundial. Casi nadie supo y aún menos recuerdan el
    martirio de este héroe.
    Los estrategas de los métodos pacíficos de presión política, como son
    las huelgas de hambre y los ayunos, señalan que sólo resultan viables si
    están acompañadas por un respaldo social, es decir, una amplia campaña
    de difusión en los medios que convierta esa lucha individual, estática y
    pacífica, en un arma colectiva de movilización. Nada de eso se ha visto
    cuando un cubano decide inmolarse. Hay un acuerdo tácito universal para
    callar y mirar hacia otro lado.
    Una de dos posibilidades: el mundo, o se ha acostumbrado a que Cuba sea
    un país sin libertad o, la otra, ha condenado a Cuba para que siga así.
    Por otro lado, la tendencia mundial de “lo políticamente correcto” que
    todavía predomina en los días actuales, ha cancelado la posibilidad de
    una lucha armada para recuperar la libertad arrebatada violentamente,
    que sólo se puede intentar por “métodos pacíficos”. Ningún país cercano,
    como México en su momento, se ofrecerá siquiera a tolerar o cerrar los
    ojos para poder organizar una expedición liberadora a Cuba, como ocurrió
    en 1895 y 1956. Sólo queda luchar con las uñas y los dientes, hasta
    vencer o morir. Sin apoyo ni sostén de nadie, con más posibilidades de
    ser inmolados que de vencer en esa lucha, sin duda suicida, pero al
    mismo tiempo imprescindible.
    No obstante, a pesar de su frivolidad y ligereza aparentes, el cubano
    también ha dado muestras de admirable firmeza y persistencia. Quizá la
    tozudez hispana se combina en él con la fiereza africana.
    En 1902 nació una Cuba con una república imperfecta, pero llena de
    esperanza y progresivamente perfectible. Era una criatura torpe y
    caprichosa, con andaderas y babero ceñido, y que apenas podía moverse,
    pero luego aprendió a dar los primeros pasos, vacilantes y errados, y a
    fuerza de tropiezos y caídas parecía que empezaría a enderezarse;
    entonces caminó y miró al futuro con dudas y vacilaciones, pero también
    con alegre optimismo y jubilosa decisión. Cuando este era más prometedor
    y halagüeño, sobrevino una etapa de sombras, justo 57 años después de su
    inicio. Después hemos tenido otros 58 años, ya no de una república
    imperfecta, sino de una dictadura perfecta, que aplica sin titubeos una
    represión científica y cuidadosamente planeada. Quizá ahora con esta
    equidistancia histórica sea ya el momento de hacer un corte y un
    inventario, un examen de conciencia y una confesión de culpas, hasta
    asumir una auténtica, profunda y perdurable comunión nacional, que nos
    devuelva el lugar que nos corresponde en el concierto universal de las
    naciones: nadie lo obsequiará, hay que ganarlo. Quizá la olvidada
    compasión de unos hacia otros pueda servir de algo en esto.

    [1] Véase El otro paredón (Miami, Editorial Eriginal Books, 2011), de
    Juan Antonio Blanco y otros.

    Source: El «ninguneo» de los cubanos – Artículos – Opinión – Cuba
    Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-ninguneo-de-los-cubanos-328511

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