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    El punk que no lloró a Fidel

    El punk que no lloró a Fidel
    Cuba deja en libertad al artista Danilo Maldonado tras dos meses preso
    por pintar un grafiti el día de la muerte de Castro que decía: “Se fue”
    PABLO DE LLANO
    Miami 23 ENE 2017 – 16:33 CET

    Minutos después de anunciarse la muerte de Fidel Castro, el pasado 25 de
    noviembre por la noche, Danilo Maldonado Machado pasó por casa de su
    madre y tocó en la ventana de su habitación. María Victoria Machado
    abrió y su hijo le preguntó: “Mami, ¿tienes miedo?”. Ella, que había
    oído la noticia, le dijo que no: “Ya sabes que esta es mi hora de
    acostarme”. Él siguió: “Bueno, pues yo me voy a calentar la pista”. La
    señora Machado asumió que su hijo se iba a pintar alguna consigna
    anticastrista en una ciudad, La Habana, que aquella noche se había
    quedado muda, silenciosa, vacía. Libre para los gatos y para los locos.

    —¿Alguna vez le ha pedido que no se exponga tanto?

    —No —responde la madre desde La Habana—. Yo admiro a mi hijo.

    El Sexto, alias artístico de Maldonado, se fue y reapareció un rato más
    tarde a un costado del hotel Habana Libre. Con un teléfono móvil,
    arrancó una retransmisión en vivo por Facebook en la que se enfocaba a
    sí mismo y hablaba burlándose de Fidel y de Raúl Castro, recordando a
    opositores muertos, moviéndose por la calle desolada: “Nadie sale”,
    dijo. “Raro”, se mofó. “Nadie quiere hablar. ¿Pero hasta cuándo ustedes
    no van a querer hablar, caballeros?”.

    Llevaba un sombrero blanco tipo panamá. Las gafas de sol, colgadas de la
    camiseta. Bajo el párpado derecho, un alambre de espino tatuado.
    Auriculares al cuello. Era un excéntrico haciendo un show
    cómico-político en un teatro vacío pero vigilado. La sitcom más
    arriesgada del año en La Habana. Entonces le preguntó a algún escudero:
    “Papi, ¿dónde está mi pomo?”.

    El Sexto cogió un espray y sobre un muro lateral del Habana Libre, el
    hotel donde el padre de la revolución cubana tuvo su primera oficina
    tras conquistar la capital, garabateó: “Se fue”.

    En directo. A la cara. Riesgo nivel cien.

    Él lo disfrutó. Miró a la cámara y dijo: “Veo pánico en sus caras”. 1,97
    metros, delgado, barba, mirada pletórica. Un Quijote cruzando la línea.

    Horas después, según la reconstrucción de su madre, fue sacado de su
    apartamento a la fuerza por un grupo de policías y conducido a prisión.
    Apenas este sábado, dos meses después, salió en libertad de la cárcel de
    máxima seguridad Combinado del Este, a las afueras de La Habana.

    “Me entregaron mi carné de identidad y me dijeron que no tenía ningún
    problema para viajar fuera del país”, aseguró el artista al diario
    cubano 14ymedio pocas horas después de haber sido excarcelado sin
    cargos. “Estoy bien de salud y agradezco mucho la solidaridad de todos
    los que estuvieron pendientes de mi situación”.

    Durante el tiempo que estuvo recluido, Amnistía Internacional lo declaró
    preso de conciencia. Una campaña en Change.org recogió unas 14.000
    firmas por su liberación. Kimberley Motley, una abogada afroamericana
    especializada en derechos humanos, viajó en diciembre a Cuba para
    intentar visitarlo en prisión, pero fue detenida y devuelta a Estados
    Unidos. La vicepresidenta del Parlamento alemán, la socialdemócrata Ulla
    ­Schmidt, se declaró su “madrina política”.

    Preso por segunda vez —en 2015 pasó 10 meses encerrado por planear una
    performance pública con dos cerdos pintados con los nombres de Fidel y
    Raúl—, El Sexto se ha convertido a sus 33 años en una heterodoxa figura
    de la disidencia. Más provocador que activista, es en esencia un punk al
    natural, un gamberro creativo que en otro país solo habría pagado una
    multa por pintarrajear una pared, pero a quien la Cuba del siglo XXI
    dedica el trato punitivo propio de una amenaza a la seguridad del Estado.

    Cuando lo dejaron libre en 2015, después de una huelga de hambre, El
    Sexto viajó por distintos países y explicó en una charla que en sus
    comienzos definió su postura política como artista como respuesta a la
    propaganda oficial, abundante en la isla: “Si ellos tienen derecho a
    violar mi espacio visual, yo también tengo derecho a violar su espacio
    visual”, sostuvo.

    Años atrás estaban en auge las proclamas gubernamentales pidiendo la
    vuelta de cinco cubanos encarcelados en Estados Unidos por espionaje.
    Los denominaban Los Cinco Héroes. Fue ahí cuando Maldonado se puso su
    apodo —El Sexto— y salió a grafitearlo.

    “Danilo dice que el arte tiene que ser valiente y tratar de impactar a
    la gente”, explica desde La Habana su novia, Alexandra Martínez, una
    periodista cubanoamericana que conoció en Miami. Dice que El Sexto es
    fan de Estopa y de Joan Manuel Serrat. Cuenta lo impresionado que quedó
    cuando fue a Nueva York y visitó el estudio del artista Julian Schnabel,
    director de Antes que anochezca, la película sobre Reinaldo Arenas, el
    poeta cubano que murió de sida en el exilio, y de Basquiat, sobre el
    creador que empezó su carrera escribiendo SAMO, acrónimo inglés de
    “siempre la misma mierda”, por las calles de Manhattan.

    A su pareja le gusta un dibujo que hizo en su última estancia
    carcelaria. Se titula Cementerio de hombres vivos. Es una litera de tres
    pisos con un hombre en el inferior, el del medio vacío y una cucaracha
    en el superior. “Alguien”, dice su madre, sacaba de la cárcel las hojas
    en las que pintaba y las iban publicando en su página de Facebook.
    Tenían un estilo surrealista. También escribió. Habló de sus pesadillas
    —guardias zoomorfos que lo maltratan—, tomó apuntes del lenguaje de los
    presos —“la jodienda: sinónimo de comida”— y dirigía mensajes a su
    público —“sigo sin recibir noticia de mi caso”, “dibujo poco por mi
    alergia, el exceso de humedad y la falta de luz”, “el jefe de unidad me
    golpeó”, “solo el cósmico sabe del verdadero propósito de este calvario”—.

    La señora Machado cuenta que en el expediente del caso se registró que
    el coste de borrar la pintada de su hijo en el Habana Libre fue de 27
    pesos cubanos, 1,01 dólares. “Pero no le perdonan lo que pintó”, dice.
    Maldonado escribió un día desde prisión: “Imagínense cuántas personas se
    ríen de mí. Ya soy famoso en cárceles y prisiones”. Fidel Castro se fue.
    Las rejas permanecen.

    Source: El punk que no lloró a Fidel | Internacional | EL PAÍS –
    internacional.elpais.com/internacional/2017/01/22/america/1485049924_104559.html?id_externo_rsoc=TW_AM_CM

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